{"id":295,"date":"2023-01-25T08:04:42","date_gmt":"2023-01-25T08:04:42","guid":{"rendered":"https:\/\/estudiosgenealogicos.org\/cabezacruda\/?p=295"},"modified":"2023-01-25T08:04:42","modified_gmt":"2023-01-25T08:04:42","slug":"la-prision-de-la-normalidad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/estudiosgenealogicos.org\/cabezacruda\/2023\/01\/25\/la-prision-de-la-normalidad\/","title":{"rendered":"La prisi\u00f3n de la Normalidad"},"content":{"rendered":"\n<figure class=\"wp-block-image size-full\"><a href=\"https:\/\/estudiosgenealogicos.org\/cabezacruda\/files\/2023\/01\/1526139140_385823_1526139196_noticia_normal_recorte1.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"720\" height=\"405\" src=\"https:\/\/estudiosgenealogicos.org\/cabezacruda\/files\/2023\/01\/1526139140_385823_1526139196_noticia_normal_recorte1.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-296\" srcset=\"https:\/\/estudiosgenealogicos.org\/cabezacruda\/files\/2023\/01\/1526139140_385823_1526139196_noticia_normal_recorte1.jpg 720w, https:\/\/estudiosgenealogicos.org\/cabezacruda\/files\/2023\/01\/1526139140_385823_1526139196_noticia_normal_recorte1-300x169.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 720px) 100vw, 720px\" \/><\/a><\/figure>\n\n\n\n<p>Hay veces en que los mejores momentos del arte quedan invisibilizados por la <em>apariencia <\/em>de lo m\u00ednimo o supuestamente menor de su <em>brevedad<\/em>. Solemos admirar la monumentalidad de imponentes magnitudes, neg\u00e1ndonos la grandeza de joyas que brillan intensamente por la luz de su humildad y, sobre todo, la grandeza que suele esconder esta \u00faltima. Como bien advert\u00eda Petrarca: hay ocasiones en que vemos lo que no est\u00e1 y no vemos lo que est\u00e1. Obras cuyas aguas suelen poseer la pr\u00edstina claridad de la <em>comprensi\u00f3n<\/em>, al grado de evidenciar la <em>profundidad <\/em>de dichos mares.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sin duda es el caso de uno de los momentos m\u00e1s gloriosos del cine espa\u00f1ol. Producido por <em>Radio y Televisi\u00f3n Espa\u00f1ola<\/em> y protagonizado por el magn\u00edfico y legendario actor: Jos\u00e9 Lu\u00eds L\u00f3pez V\u00e1zquez, <em>La cabina<\/em>, cortometraje filmado en mil novecientos setenta y dos, resulta uno de los m\u00e1s poderosos e <em>intempestivos <\/em>discursos cr\u00edticos m\u00e1s solventes de la historia del cine espa\u00f1ol \u2012lo cual no es poca cosa\u2012, al grado de constituir un gran referente de la reflexi\u00f3n acerca de nuestras <em>formas de vida <\/em>como especie.<\/p>\n\n\n\n<p>Tal es la relevancia del magn\u00edfico trabajo del excelente director, Antonio Mercero y del gran guionista, Jos\u00e9 Lu\u00eds Garci. Se trata de dos cineastas dotados de una poderosa comprensi\u00f3n de los signos cinematogr\u00e1ficos, adem\u00e1s de la claridad de las potencias discursivas de la imagen, al grado de aprovechar de manera ejemplar el <em>potente habla <\/em>de un <em>cuerpo histri\u00f3nico <\/em>como el de tan notable int\u00e9rprete y protagonista de dicha obra. Estamos ante el descenso a lo abisal de nuestra civilizaci\u00f3n, oculto por los fulgores y juegos artificiales de la <em>normalizaci\u00f3n<\/em>, de los cuales a penas podemos advertir las penumbras de la <em>problematicidad <\/em>de la condici\u00f3n humana.<\/p>\n\n\n\n<p>En la primera secuencia vemos a un grupo de trabajadores instalando una s\u00f3lida cabina telef\u00f3nica, constituida por una gruesa herrer\u00eda de acero pintada de rojo brillante. Un color capaz de recordar a la sangre, el coraz\u00f3n y las venas como elementos de la vulnerabilidad de un cuerpo, adem\u00e1s de lo atractivo que dicho color se vuelve ante la luz solar. El objeto cuenta con amplias ventanas y techo de cristal; <em>aparente <\/em>fragilidad que sugiere la supuesta amabilidad y apertura de lo trasl\u00facido.<\/p>\n\n\n\n<p>Los trabajadores desmontan de la parte trasera de un cami\u00f3n el m\u00f3dulo en cuesti\u00f3n, lo bajan al suelo y proceden a fijarlo, atornill\u00e1ndolo al concreto de lo que parece una plaza p\u00fablica; un \u00e1rea com\u00fan semejante a un parque, en medio de un grupo de edificios departamentales. Despu\u00e9s de acabar su labor, uno de los hombres, con especial atenci\u00f3n a lo que hace, abre la puerta de la cabina de manera sutil, como si se tratara de la cortes\u00eda de un invitaci\u00f3n. La pregunta es: \u00bfA qu\u00e9 nos est\u00e1 invitando dicho gesto?<\/p>\n\n\n\n<p>El ambiente es amable y urbano. Est\u00e1 delineado con una luz que se antoja meridiana y, por lo tanto, de agradable potencia y calidez. Sin embargo, por lo claro de su intensidad, tambi\u00e9n podr\u00eda llegar a suponerse que el cortometraje fue filmado un caluroso d\u00eda de verano en Madrid.<\/p>\n\n\n\n<p>La siguiente secuencia nos muestra el inicio de la cotidianidad de una ma\u00f1ana de la vida de los vecinos de dicha residencia. Vemos a personas yendo hacia alg\u00fan lugar \u2012probablemente al trabajo\u2012, un par de monjas que aparecen a cuadro y, principalmente, un grupo de ni\u00f1os en edad escolar, apresur\u00e1ndose para no perder el autob\u00fas que los llevar\u00e1 al recinto correspondiente.<\/p>\n\n\n\n<p>No me parece superficial reparar en el detalle de las monjas como un elemento de particular epocalidad cotidiana y, sin embargo, tambi\u00e9n de particular contraste subversivo, especialmente, como veremos, en relaci\u00f3n con el discurso del film. El cortometraje fue realizado durante el franquismo y publicado tres a\u00f1os antes de la muerte del mismo Francisco Franco. Es interesante pensar en una presencia m\u00e1s constante de la Iglesia como instituci\u00f3n en tan particular periodo de la vida cotidiana de los espa\u00f1oles de la capital. Por otra parte, resulta un <em>signo ideol\u00f3gico <\/em>muy particular ante lo <em>subversivo <\/em>de la propuesta de Mercero, justo en plena dictadura.<\/p>\n\n\n\n<p>Los a\u00f1os del franquismo fueron particularmente duros en cuanto a la censura cinematogr\u00e1fica. El legendario productor, El\u00edas Querejeta, cuenta como la <em>mala consciencia <\/em>de las autoridades encargadas de tal filtro cultural consideraron inapropiado el t\u00edtulo de una de las pel\u00edculas m\u00e1s c\u00e9lebres de Carlos Saura: <em>La caza del conejo<\/em>. \u201c\u00bfQu\u00e9 significa <em>La caza del conejo<\/em>?\u201d, le preguntaron los censores a Querejeta, a lo que contest\u00f3: \u201cLa caza del conejo\u201d. Los censores cre\u00edan que el t\u00edtulo ten\u00eda un doble sentido. A pesar de lo expl\u00edcito del tema al que refiere el t\u00edtulo de dicha obra en la trama de la misma, cre\u00edan que con \u2018conejo\u2019 los cineastas se refer\u00edan a una manera muy com\u00fan en Espa\u00f1a de hablar, en t\u00e9rminos demasiado coloquiales, de la vagina. Al respecto, El\u00edas Querejeta afirm\u00f3: \u201cFrancamente nos hicieron un favor; al final la pel\u00edcula se llam\u00f3 <em>La caza<\/em>, que es un mejor t\u00edtulo para tan buena pel\u00edcula\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Ante la an\u00e9cdota anterior y m\u00e1s all\u00e1 de la leg\u00edtima historia tan sabida de las condiciones para la realizaci\u00f3n de tan buen cortometraje, asalta la duda: \u00bfQu\u00e9 clase de estrategia habr\u00eda seguido Mercero para llevar a cabo una obra tan cr\u00edtica que colinda con la distop\u00eda de la Ciencia Ficci\u00f3n, al igual que con el Teatro del absurdo y, por supuesto, el existencialismo?<\/p>\n\n\n\n<p><em>&nbsp;<\/em>Vemos a uno de los ni\u00f1os de la secuencia antes descrita corriendo mientras patea un bal\u00f3n de f\u00fatbol, seguido por su padre. La pelota entra en la cabina con una de las patadas de su due\u00f1o, como si se tratara de un arco del mismo deporte. Una imagen de la inocencia, de la ingenuidad ante lo invisible que siempre resulta <em>el peligro de vivir<\/em>. El ni\u00f1o queda cautivado por la novedad del objeto rojo brillante. Al darse cuenta de ello su padre, lo insta a que se apresure para tomar el autob\u00fas escolar que lo lleve a su destino. \u201cEs nueva\u201d, afirma con alegr\u00eda el infante, como lo hacemos a esa edad en la que todo en la vida es especial. El chico est\u00e1 cautivado por tal espacio que destaca tambi\u00e9n por cierta modernidad.<\/p>\n\n\n\n<p>El ni\u00f1o toma el autob\u00fas escolar y se despide desde lejos de su padre. El autob\u00fas se va y sale de cuadro. Es cuando el hombre retoma su camino, sin embargo, no puede dejar de disimular que la novedad de la cabina tambi\u00e9n le llama la atenci\u00f3n. Quiz\u00e1 lo asalta una curiosidad semejante a la de su hijo, la del ni\u00f1o que alguna vez fue. Cuando parec\u00eda que el padre de familia continuar\u00eda su camino y proseguir\u00eda con su d\u00eda, acaba por no <em>resistirse<\/em>; tal es el encanto del <em>artificio<\/em>. Finalmente, entra a la cabina. \u00c9sta \u00faltima se cierra sola, como si el peso y presencia del cuerpo del protagonista fueran suficientes para que tal magnitud genere dicha inercia semejante a una <em>automaticidad<\/em>. El hombre intenta hacer una llamada, sin embargo, la cabina no tiene l\u00ednea. Decepcionado, el hombre decide retomar su rutina\u2026 Sin embargo, cuando intenta abrir la puerta, se da cuenta de que no puede hacerlo; se ha quedado encerrado. Al <em>parecer<\/em>, la puerta se ha descompuesto y no puede salir de la cabina.<\/p>\n\n\n\n<p>Es sugerente pensar en el lugar de la cabina como un punto de atracci\u00f3n bastante estrat\u00e9gico por lo p\u00fablico que resulta; la composici\u00f3n de la imagen y la contrastante paleta de colores de la excelente fotograf\u00eda del film \u2012a cargo de Federico G. Larraya\u2012 la hace destacar, especialmente en relaci\u00f3n con la arquitectura de la locaci\u00f3n. Resulta atractiva la <em>habitaci\u00f3n <\/em>que puede producir tan particular objeto, invita a <em>ocuparla<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, vemos que es particularmente atractiva para los due\u00f1os de una voluntad especial, capaz de ir m\u00e1s all\u00e1 de pensar en la <em>eficiencia <\/em>de una cabina telef\u00f3nica; una voluntad dotada de una curiosidad semejante a la de un ni\u00f1o; una voluntad que, en menor o mayor medida, todav\u00eda es capaz de comprometerse con su <em>ensue\u00f1o <\/em>y la creativa ludicidad del mismo.<\/p>\n\n\n\n<p>Es entonces que el personaje principal intenta pedir ayuda. La gente lo mira con desconcierto. Otros ni\u00f1os que juegan en el parque se empiezan a burlar de \u00e9l. Es entonces que pasan dos hombres cerca de la cabina, el prisionero logra llamar la atenci\u00f3n de ambos. Los hombres le dicen que abra \u00e9l mismo la cabina, no pueden creer que est\u00e9 encerrado. La cabina est\u00e1 insonorizada, no podemos escuchar al hombre atrapado. \u00c9l mismo les muestra su apuro a los hombres intentando abrir su trampa, por lo cual los mismos intentan ayudarlo. Sin embargo, acaban por rendirse al ver que no pueden abrir la puerta y se disculpan con el hombre porque tienen que dejarlo: deben ir a trabajar. La gente se re\u00fane alrededor de tan sugerente situaci\u00f3n como si fuera un espect\u00e1culo. Una mujer, vecina de los departamentos, mientras ve todo desde un balc\u00f3n, le pregunta a otra que la acompa\u00f1a tambi\u00e9n curiosa: \u201c\u00bfQu\u00e9 har\u00e1 ese hombre ah\u00ed?\u201d. La respuesta de su interlocutora es m\u00e1s particular de lo que podr\u00edamos creer: \u201cNo lo s\u00e9, la gente es tan rara\u201d. Una afirmaci\u00f3n que \u2012salvando las probables diferencias\u2012 se siente familiar a un parlamento escrito por Ionesco.<\/p>\n\n\n\n<p>Parece ser que la relaci\u00f3n de los vecinos de dicha residencia no es tan cercana como se supondr\u00eda; tratan al hombre como un desconocido. Este \u00faltimo empieza a sentir la mirada de los dem\u00e1s, pr\u00e1cticamente est\u00e1 rodeado. Algunos lo miran con gesto burl\u00f3n, otros con una jovialidad que, ante la verg\u00fcenza del hombre atrapado, se antoja impertinente. El hombre ve como un lustrador de zapatos ofrece sus servicios, aprovechando la multitud; un vendedor de biscochos se ha detenido con su charola en la cabeza para ver el curiosos evento, lo cual aprovecha un alto anciano para, a las espaldas del repostero, robarle su mercanc\u00eda, tom\u00e1ndola de la charola. Nuestro protagonista tambi\u00e9n ve c\u00f3mo un hombre que lleva una silla, parte de una mudanza, le ofrece a una anciana el asiento para que descanse y contemple <em>el espect\u00e1culo del cautiverio del hombre<\/em>. De alguna u otra forma, todos aprovechan la oportunidad; algunos de manera <em>aparentemente <\/em>m\u00e1s civilizada, otros sacando partido y ventaja a la situaci\u00f3n, quiz\u00e1, en relaci\u00f3n con su propia <em>precariedad<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;La vestimenta del protagonista \u2012traje y corbata negras\u2012 sugiere el aspecto de un padre de familia, alrededor de los cuarenta a\u00f1os, probablemente empleado en una oficina. Parece tratarse de un bur\u00f3crata, un profesionista o de ambos casos. Es la imagen casi <em>t\u00edpica <\/em>y cotidiana de un habitante frecuente de la urbe; un ser tendiente a la serializaci\u00f3n y homogeneidad implicadas en la presupuesta <em>normalidad <\/em>de una <em>ciudad<\/em>,m\u00e1s o menos actual.<\/p>\n\n\n\n<p>Al protagonista del cortometraje le llama la atenci\u00f3n la presencia de otro espectador: un trabajador que lleva una caja de herramientas quien, adem\u00e1s, sostiene un espejo de importante tama\u00f1o que se encuentra ante el personaje preso. La verg\u00fcenza del cautivo aumenta al verse en el espejo, en tan particular situaci\u00f3n de indefensi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>La mirada vigilante de los dem\u00e1s puede ser tan contundente que se vuelve un peso sobre nosotros; el peso del <em>juicio<\/em> que, parad\u00f3jicamente, puede producir la facilidad y ligereza de la habladur\u00eda, al igual que su <em>indolencia<\/em>. Al llegar a cerra el sentido con tal actitud, la mera <em>opini\u00f3n <\/em>puede anular la posibilidad de la <em>comprensi\u00f3n<\/em>. \u00bfQu\u00e9 pasa cuando llevamos a cabo un juicio de tal <em>dureza <\/em>y <em>rigidez<\/em> contra nosotros mismos, como si nuestro reflejo fuera otro capaz de vernos y juzgarnos severamente por nuestro error e ingenuidad? Queda claro que, si tal es el juicio hacia nosotros: con tan poca comprensi\u00f3n (con tan poco amor por nosotros mismos), el juicio de los dem\u00e1s puede resultar <em>letal<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Un hombre, tambi\u00e9n de mediana edad, de complexi\u00f3n robusta y fornido que trae una bolsa deportiva intenta hacer el esfuerzo de abrir la cabina. No puede con el movimiento mec\u00e1nico natural que le exigir\u00eda el dinamismo de la puerta de dicho objeto. Es tal la fuerza que tiene que invertir en dicho intento, que acaba separando la manija del m\u00f3dulo ante la risa de los dem\u00e1s. Despu\u00e9s intenta derribar la puerta, con el riesgo de quebrar el cristal de la cabina, impulsando el peso de su cuerpo contra el vidrio. Tampoco puede, su <em>fortaleza f\u00edsica<\/em> es vencida por la solvencia del material, al grado de caer al suelo, convirti\u00e9ndose nuevamente en el motivo de la risa de los espectadores de dicha escena. El hombre se va molesto con los dem\u00e1s por tal ofensa, como parte de una imagen de lo banal del escarnio.<\/p>\n\n\n\n<p>El trabajador que lleva el espejo con un desarmador se anima a intentar abrir la puerta: \u201cno es cuesti\u00f3n de fuerza sino de ingenio\u201d, afirma. Primero vuelve a atornillar la manija que hab\u00eda zafado el hombre forzudo al intentar abrir la cabina por primera vez, para ver si con ello puede abrir la puerta, no lo logra; se le ocurre desarmar la cabina, sin embargo, se da cuenta de que el <em>artefacto<\/em> no tiene tornillos que pueda quitar; trata de abrir la ranura clausurada que forma la apertura del objeto con el marco del mismo, haciendo palanca con su desarmador, tampoco tiene \u00e9xito.<\/p>\n\n\n\n<p>Vemos a una colectividad que se ha reunido para hacer de la adversidad de un hombre un espect\u00e1culo. Hasta ahora, la <em>buena voluntad <\/em>ha sido escasa y ha fracasado; han sido pocos los que han intentado la <em>liberaci\u00f3n <\/em>del hombre y no han podido conseguirlo. Bien dec\u00eda uno de los siete sabios de Grecia, B\u00edas de Priene: \u201cLa mayor\u00eda son malos\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Aumenta la verg\u00fcenza del hombre cautivo. Probablemente se siente como un tonto porque piensa que los dem\u00e1s creen que lo es por haber ca\u00eddo en situaci\u00f3n tan <em>absurda<\/em>. Se trata de una situaci\u00f3n que, para m\u00e1s de uno de nosotros y nuestros prejuicios, pone en duda la inteligencia de quien est\u00e1 en una circunstancia semejante; quienes no hacen el intento por ayudar no desaprovechan la gracia que les da la situaci\u00f3n. Ante ello, \u00bfno valdr\u00eda la pena pensar en la estrategia de tomarse la vida con menos seriedad y m\u00e1s humor?; \u00bfqu\u00e9 pasar\u00eda si dej\u00e1ramos de tomarnos tan en serio a nosotros mismos?; \u00bfno podr\u00eda ello desactivar la <em>gracia <\/em>que los dem\u00e1s creen advertir ante nuestra <em>adversidad<\/em>? La risa no s\u00f3lo es un arma del que est\u00e1 en ventaja, tambi\u00e9n lo es de quien se ve acechado por el poder que nutrimos al ser parte del <em>colectivo<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>Mientras el trabajador sigue intentando abrir la cabina y ver qu\u00e9 puede hacer al respecto, llega la polic\u00eda. Los oficiales le piden al trabajador que deje de intervenir el objeto, alej\u00e1ndolo de \u00e9l. La polic\u00eda le pide al cautivo que salga de su c\u00e1rcel; hacen evidente su incredulidad ante los hechos; no creen que el hombre est\u00e9 realmente atrapado, este \u00faltimo tiene que demostrar nuevamente que no puede salir. Le piden que llame por la cabina. El preso, con m\u00edmica, les hace saber que el tel\u00e9fono no tiene l\u00ednea.<\/p>\n\n\n\n<p>Los polic\u00edas, uniendo fuerza, intenta abrir la puerta de la cabina. Es tal su fracaso, que ambos hombres caen al suelo ante el intento, generando la risa de los espectadores. Los polic\u00edas demuestran su disgusto, ordenan a los asistentes desalojar el lugar.<\/p>\n\n\n\n<p>Es entonces que llega el cuerpo de bomberos a tratar de darle soluci\u00f3n al incidente. El jefe de los mismos tambi\u00e9n da cuenta de su suspicacia ante el encierro del protagonista, tambi\u00e9n le pide que salga al encerrado. El jefe de bomberos intenta abrir la cabina con tal fuerza, que acaba despegando la manija de la misma nuevamente. Es entonces que el jefe de bomberos pide la herramienta necesaria para la liberaci\u00f3n. Uno de sus subordinados trae una manguera, por lo cual dicho jefe lo reprende: \u201c\u00a1La escalera es lo que hay que traer!\u201d. Otro bombero se sube al techo de la cabina con un martillo; aprovechando que el techo es de cristal, pretende romperlo para liberar al hombre, \u201cLo van a herir\u201d, advierte uno de los espectadores. Poco importa, el bombero est\u00e1 decidido a llevar a cabo su acci\u00f3n; lo vemos en plano cenital a punto de lanzar el primer martillazo, mientras nuestro protagonista se agazapa y cubre su cabeza con sus manos para evitar el mayor da\u00f1o posible. Una aguda imagen de la <em>vulnerabilidad<\/em> de un hombre ante las Fuerzas del Estado, cuando, al pretender restablecer el orden, pueden llegar a <em>obviar <\/em>el peligro que ello implica para quienes gobiernan.<\/p>\n\n\n\n<p>Es sugerente advertir que se trata de un hombre que por un accidente, por una contingencia inesperada por su voluntad \u2012la voluntad cotidiana y su atenci\u00f3n correspondiente, en la cual solemos vivir\u2012 se ve en manos de quienes toman las decisiones unilaterales implicadas en la <em>detenci\u00f3n <\/em>del poder y, por lo tanto, comprometido gravemente con las consecuencias de dichas decisiones. Es entonces que surge la siguiente pregunta: \u00bfc\u00f3mo normalizar la posibilidad de la <em>Justicia <\/em>si sus circunstancias nos exigen una <em>casu\u00edstica <\/em>que intente contemplar la particularidad de los casos y sus respectivas situaciones?<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, justo cuando el bombero iba a soltar el primer martillazo, llega la compa\u00f1\u00eda telef\u00f3nica responsable de la instalaci\u00f3n del <em>dispositivo<\/em>. En el cami\u00f3n con el que transportaron a este \u00faltimo vuelven a montarlo y se lo llevan. No hacen el m\u00e1s m\u00ednimo intento por solucionar el problema principal, quiz\u00e1 porque para ellos la prisi\u00f3n del hombre no es el problema principal, quiz\u00e1 ni siquiera sea un problema para ellos; no intentan en lo m\u00e1s m\u00ednimo abrir la cabina.<\/p>\n\n\n\n<p>El cautivo no oculta su desconcierto. Sus espectadores: hombres, ancianos, mujeres y ni\u00f1os, se despiden de \u00e9l como si hubiese sido una celebridad que les ofreci\u00f3 un espect\u00e1culo, mientras es alejado de los edificios departamentales dentro de su c\u00e1rcel. Observa con incertidumbre su trayecto por varias arterias principales de la ciudad. La gente en la calle lo saluda; unos j\u00f3venes en un auto le hacen se\u00f1as para llamar su atenci\u00f3n, una atenci\u00f3n que no desea el cautivo. Las chicas del grupo le mandan besos, los hombres, al igual que ellas, parecen cuestionar el porqu\u00e9 de dicha situaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>El prisionero ve a un hombre en la calle, dentro de una cabina id\u00e9ntica a la que lo atrap\u00f3. Parece que el hombre tampoco puede salir, hasta que, despu\u00e9s de un breve esfuerzo, sale de la cabina, aumentando la angustia de nuestro protagonista. Quiz\u00e1 se pregunt\u00f3: \u00bfpor qu\u00e9 \u00e9l no qued\u00f3 atrapado y yo s\u00ed?, \u00bfpor qu\u00e9 yo? Preguntas que remiten a lo \u00fanico de nuestra respectiva soledad; la soledad \u00fanica de cada una de nuestras respectivas vidas.<\/p>\n\n\n\n<p>El protagonista sigue intentando comunicarse con la gente que est\u00e1 afuera, contin\u00faa intentando pedir ayuda, sin embargo, es in\u00fatil. Entonces, al lado del cami\u00f3n que lo lleva dentro de su c\u00e1rcel, se estaciona un cami\u00f3n de la misma compa\u00f1\u00eda telef\u00f3nica responsable de la instalaci\u00f3n de la cabina, con otro hombre tambi\u00e9n capturado. Este hombre \u2012interpretado por Agust\u00edn Gonz\u00e1lez\u2012 est\u00e1 vestido pr\u00e1cticamente igual al protagonista del corto, incluyendo los mismos colores de su atuendo; la misma apariencia que sugiere un estrato social semejante, con todo lo que implica. Por si fuera poco, este otro preso, al igual que el protagonista del film, tambi\u00e9n es calvo. Se ven como si estuvieran ante un espejo, el de los cristales respectivos de sus cabinas como <em>signo <\/em>de su <em>circunstancia<\/em>. De esa manera, se reconocen en su <em>indigencia<\/em>. Hacen el intento <em>mutuo<\/em> de darse alguna explicaci\u00f3n y tratar de <em>comprender<\/em> lo que les ha pasado. Ante la insonorizaci\u00f3n de sus respectivas cabinas, s\u00f3lo tienen la aparente precariedad de sus m\u00edmicas, probablemente por lo condicionados que estamos a comunicarnos principalmente con la faceta <em>verbal <\/em>de nuestro lenguaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1 valga la pena explorar <em>lenguajes posibles<\/em>; intentar comunicarnos con m\u00e1s formas y maneras que las habituales; las maneras que <em>habitualmente<\/em> creemos \u00fanicas o limitadas, sin advertir que otras posibilidades del lenguaje son m\u00e1s frecuentes de lo que creemos. Quiz\u00e1 de esa manera no quedar\u00edamos tan encerrados o, quiz\u00e1, no volver\u00edamos a encerrarnos; compartirnos con la integridad de nuestros <em>cuerpos <\/em>y la <em>plenitud <\/em>de su lenguaje; volver a reconocer lo importante y poderosos que son los gestos, el habla de las acciones y la contundencia que pueden tener las mismas; lo poderoso que puede ser un saludo, un beso o un abrazo.<\/p>\n\n\n\n<p>El cami\u00f3n en el que va el otro cautivo en su c\u00e1rcel empieza a adelantarse. Ambos ven como se alejan y, nuevamente, se quedan solos. Por un momento se hicieron compa\u00f1\u00eda, a pesar de no haberse entendido del todo y quedar sin explicaci\u00f3n alguna.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s avanzado el trayecto, pr\u00e1cticamente en la siguiente secuencia, el cami\u00f3n pasa frente a una Iglesia. A las afueras de la misma est\u00e1 una familia que rodea una especie de f\u00e9retro con paredes de cristal \u2012una cabina mortuoria\u2012 que contiene los restos de un ni\u00f1o. El cautivo es testigo de dicho duelo. Ello aumenta su angustia, manifiesta en su intento por llamar la atenci\u00f3n de los presentes con m\u00e1s \u00edmpetu, golpeando de manera m\u00e1s frecuente las paredes de su c\u00e1rcel. Pareciera sentir lo premonitorio de la imagen; parece que se ha identificado con el infante muerto dentro de aquel m\u00f3dulo mortuorio, semejante a su c\u00e1rcel. Con aquel ni\u00f1o dicho hombre comparte, adem\u00e1s de su obvia circunstancia, el mismo destino: la muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>El cami\u00f3n pasa cerca de unos ni\u00f1os que juegan mientras saludan al cautivo. Como si se tratara del fruto de una melancol\u00eda infantil y f\u00fanebre, los peque\u00f1os cantan mientras juegan: <em>Mambr\u00fa se fue a la guerra<\/em>; un <em>signo<\/em> del <em>destino<\/em> del protagonista, un aviso desde el <em>porvenir <\/em>que entra\u00f1an los ni\u00f1os y su <em>inocencia<\/em> \u2012inocencia semejante a la que activo la curiosidad que acab\u00f3 por colocarlo en dicha <em>circunstancia<\/em>\u2012 de lo <em>terrible <\/em>de su fin.<\/p>\n\n\n\n<p>Uno de los ni\u00f1os persigue al cami\u00f3n para saludar al cautivo con gesto festivo. El chico lleva una pelota en la mano, como el hijo del prisionero la ma\u00f1ana en la que qued\u00f3 atrapado. La imagen de su hijo aparece ante el hombre cautivo, a trav\u00e9s de su recuerdo. El hombre se conmueve tanto que no puede evitar corresponder con el mismo gesto al chico que, pelota en mano, persigue al cami\u00f3n como si se tratara del <em>porvenir <\/em>de un pasado que se despide de \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Finalmente, el muchacho desaparece de cuadro. El cautivo saca su cartera para ver la foto de su familia, en \u00e9sta aparecen su esposa e hijo. Se trasluce en el rostro del protagonista una inmensa nostalgia a la cual le han bastado unas cuantas horas para alimentarse. Parece que s\u00f3lo con lo <em>radical<\/em> y extraordinario de los malos y buenos momentos de la vida alcanzamos a recordar lo m\u00e1s importante: lo que amamos.<\/p>\n\n\n\n<p>El cami\u00f3n que lleva a nuestro protagonista se detiene ante la barda que separa a la calle de un descampado. Se ve a trav\u00e9s de la barda a un grupo de payasos, mimos, y acr\u00f3batas. Probablemente, artistas del circo practicando sus rutinas. En la barda del descampado est\u00e1 un enano que advierte a sus compa\u00f1eros de la presencia del hombre en la cabina. Los <em>poetas <\/em>ven al hombre con una mezcla de tristeza y desconcierto. La c\u00e1mara hace un <em>close-up <\/em>a las manos del enano; llevan un barco armado dentro de un botella, s\u00edmbolo del viaje, la aventura y la b\u00fasqueda de nosotros mismos. Las caras tristes de aquellos que pueden reinventar al mundo <em>subvirti\u00e9ndolo<\/em> miran al hombre con <em>compasi\u00f3n<\/em>, quiz\u00e1 imaginando que lo que lo une con ellos es una <em>semejante indigencia<\/em>. La precariedad <em>aparente <\/em>de los <em>poetas <\/em>contrasta con el aspecto acicalado del cautivo. Sin embargo, ellos son libres; pueden saltar, moverse, desplazarse de un lugar a otro, con y sin sus acrobacias. Parecen lamentar la condici\u00f3n de este hombre tan <em>determinado <\/em>por su <em>destino<\/em>, al grado de que, parece ser, est\u00e1 en el tr\u00e1nsito de su \u00faltima aventura, mientras los <em>poetas <\/em>tienen al mundo entero para darse todas las aventuras posibles que a su voluntad le alcance.<\/p>\n\n\n\n<p>El auto vuelve a arrancar, aumenta la desesperaci\u00f3n del hombre de manera considerable; trata con m\u00e1s fuerza de llamara la atenci\u00f3n y de golpear las paredes que lo tienen cautivo. De repente, a lo alto, ve un helic\u00f3ptero. Intenta tambi\u00e9n llamar la atenci\u00f3n del mismo. Un plano nadir parece hacernos creer que los pilotos observan al prisionero o s\u00f3lo nos ofrece el esfuerzo de este \u00faltimo por obtener una atenci\u00f3n que se antoja nula. Los pasajeros de la nave en el cielo ignoran deliberadamente al hombre, les es indiferente o es <em>objeto <\/em>de su indolencia. Quiz\u00e1 sea as\u00ed porque lo pueden ver desde las alturas que \u00e9l no puede alcanzar.<\/p>\n\n\n\n<p>Despu\u00e9s de un tramo m\u00e1s de carretera, el cami\u00f3n entra en lo que parece un t\u00fanel vial, ante cuya entrada aterriza el helic\u00f3ptero. Sin embargo, no es un t\u00fanel vial; dicho acceso se antoja infinito y subterr\u00e1neo; nuestro protagonista est\u00e1 en una particular penumbra industrial que ensombrece su rostro cada vez m\u00e1s p\u00e1lido, due\u00f1o de una mirada propia del desconcierto del miedo. Su cuerpo parece febril; el hombre desalineado suda profusamente ante tal escenario que no acaba de entender y del cual nada ni nadie le da explicaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Es notable la imaginaci\u00f3n y creatividad de Antonio Mercero, capaz de aprovechar la arquitectura e ingenier\u00eda industrial de un t\u00fanel vial, para hacerlo pasar por la entrada a una especie de <em>f\u00e1brica <\/em>secreta y subterr\u00e1nea. La edici\u00f3n resulta convincente y magn\u00edfica, a cargo de Javier Mor\u00e1n. Mercero, contando con el trabajo de tan talentoso editor, logra generar una perturbadora <em>sensaci\u00f3n<\/em>; una experiencia semejante a la de haber cruzado el portal principal de los infiernos, ante el cual muere toda <em>esperanza<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>El cami\u00f3n se estaciona. La cabina es elevada de la parte trasera del veh\u00edculo por una gr\u00faa con el hombre que contiene. \u00c9ste \u00faltimo no deja de <em>resistirse<\/em>, evidenciando su <em>angustia<\/em>. La cabina es llevada por la maquinaria industrial de lo que parece una f\u00e1brica, a trav\u00e9s de un proceso aparentemente impersonal. La gr\u00faa deposita la cabina en lo que parece una cadena de trabajo; una banda que la transporta hasta que otra gr\u00faa nuevamente la eleva, para volver a ser depositada en una nueva banda industrial. En penumbras, vemos al \u00fanico ser humano dentro de aquel recinto, hasta entonces; un trabajador que opera con <em>pasividad <\/em>e <em>indolencia <\/em>la banda industrial de la cadena de trabajo, como si fuera un ap\u00e9ndice de la misma.<\/p>\n\n\n\n<p>Es aqu\u00ed cuando comienza el horror; la \u00faltima banda industrial lleva al cautivo a una habitaci\u00f3n con m\u00e1s cabinas semejantes a la que lo ha atrapado. En ellas est\u00e1n los restos de otras personas que sufrieron la misma suerte que el protagonista; desde cad\u00e1veres recientes hasta huesos, pasando por cuerpos en estado avanzado de putrefacci\u00f3n. La banda se detiene ante una cabina. El l\u00edvido hombre contempla en ella a aqu\u00e9l otro prisionero con el que, minutos antes, hab\u00eda coincidido en su trayecto; aqu\u00e9l hombre con el que lleg\u00f3 a <em>compartir<\/em> su soledad se ha ahorcado con el in\u00fatil cable del tel\u00e9fono de su prisi\u00f3n. Tal escenario consuma la desesperaci\u00f3n del protagonista del corto, la cual se fue intensificando a lo largo de tal paisaje final. El hombre, derrotado, desfallece ante nosotros; su cuerpo resbala d\u00e9bilmente sobre una de las paredes de cristal de su prisi\u00f3n, al apoyar sus manos contra ella. Quiz\u00e1 aqu\u00e9l fue el \u00faltimo esfuerzo de un <em>aliento<\/em> de <em>resistencia<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<p>La \u00faltima secuencia del corto resulta terrible por lo cotidiano de su sobriedad; el fen\u00f3meno <em>mec\u00e1nico<\/em> de la <em>normalizaci\u00f3n <\/em>de nuestra <em>indolencia<\/em> <em>normalizante<\/em>. En el mismo lugar donde se instal\u00f3 la prisi\u00f3n final del protagonista del cortometraje, unos hombres instalan una nueva cabina \u2012o \u00bfacaso ser\u00e1 la misma?\u2012; un nuevo dispositivo capaz de la peligrosa captura de nuestros cuerpos. La frialdad del gesto final de tal secuencia es descorazonadora por su repetici\u00f3n. Quiz\u00e1 con otra toma de la primera secuencia, se compone una aterradora reminiscencia; como la primera vez, un trabajador de la misma compa\u00f1\u00eda telef\u00f3nica deja abierta la puerta de la cabina de manera sutil, como si se tratara de la cortes\u00eda de una invitaci\u00f3n. Ahora sabemos a qu\u00e9 nos est\u00e1 invitando.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hay veces en que los mejores momentos del arte quedan invisibilizados por la apariencia de lo m\u00ednimo o supuestamente menor de su brevedad. Solemos admirar la monumentalidad de imponentes magnitudes, neg\u00e1ndonos la grandeza de joyas que brillan intensamente por la luz de su humildad y, sobre todo, la grandeza que suele esconder esta \u00faltima. 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