{"id":11,"date":"2023-08-11T00:23:39","date_gmt":"2023-08-10T22:23:39","guid":{"rendered":"https:\/\/estudiosgenealogicos.org\/gonzalorojas\/?p=11"},"modified":"2023-08-11T01:33:54","modified_gmt":"2023-08-10T23:33:54","slug":"distopia-industrialis","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/estudiosgenealogicos.org\/gonzalorojas\/2023\/08\/11\/distopia-industrialis\/","title":{"rendered":"Distopia industrialis"},"content":{"rendered":"\n<p>Desplazamiento pendular obligatorio: as\u00ed caracteriz\u00f3 Jean Robert el transcurrir de quienes habitamos las ciudades dominadas por el motor, en su libro Los cron\u00f3fagos, la era de los transportes devoradores de tiempo, una de las cr\u00edticas m\u00e1s duras y documentadas contra los sistemas de transporte y nuestras propias formas de movernos en el espacio urbano. Pero no s\u00f3lo eso: desde esta cr\u00edtica a la movilidad, se trata tambi\u00e9n de una disecci\u00f3n de los modos de experiencia impuestos por la <em>Distopia Industrialis.<\/em><br>Para Robert, los transportes a motor lo deciden todo, gu\u00edan nuestros pasos, disponen de nuestro tiempo, destruyen la vida en comunidad: \u201cCuando una nueva autopista corta el camino que me lleva hacia mis vecinos o la panader\u00eda de enfrente y me obliga a caminar diez minutos hacia el paso a desnivel que permite atravesarla, no efect\u00fao ning\u00fan trato con los pasajeros de los b\u00f3lidos que en aras de su velocidad obstruyen mi camino y consumen mi tiempo.\u201d Hoy esta escena, a fuerza de repetirla, no resulta impresionante, pero la primera edici\u00f3n de Los cron\u00f3fagos data de 1980, y desde entonces los problemas y el pensamiento mismo acerca de la movilidad, podr\u00edamos decir, han cambiado. Pero, \u00bfc\u00f3mo?<br>En Cuernavaca, donde vivo, la gente sin auto se condena a subir y bajar por calles empinadas, a enfilar por avenidas sin aceras con el hombro pegado al muro, intentar colarse por angostos espacios entre un poste y un auto y dar un gran rodeo debido a la interposici\u00f3n de \u201cprivadas\u201d cuyas rejas impiden el paso. Las distintas \u201cRutas\u201d \uf0be\u201cesos vetustos microbuses manejados con violencia\u201d que \u201cllevan a alguien colgando de la puerta delantera, que grita destinos y cobra monedas, como un Caronte con playera del Am\u00e9rica\u201d, como se dice en una novela reciente de Daniel Salda\u00f1a Par\u00eds\uf0be dejan de transitar, cuando mucho, a eso de las nueve de la noche, despu\u00e9s de lo cual el transporte colectivo de la ciudad simplemente muere.<br>Robert previ\u00f3 todo eso y adem\u00e1s se\u00f1al\u00f3 una paradoja entre muchas: hace ciento cincuenta a\u00f1os, nuestros cuerpos, a pie o en calesas, se desplazaban a mayor velocidad que hoy, cuando se nos notifica de la existencia de \u201cv\u00edas r\u00e1pidas alternativas\u201d y autom\u00f3viles hiperveloces. Urbanistas, ingenieros, arquitectos, soci\u00f3logos, cient\u00edficos, economistas y otros \u201cterapeutas del tr\u00e1fico\u201d, como los llama el mismo Robert, han puesto sus estudios al servicio de esta imposici\u00f3n, mientras la poblaci\u00f3n pendular, esa comunidad destruida, observa imp\u00e1vida, asardinada en embotellamientos de horas: \u201cLa ceguera colectiva de los viajeros pendulares, su ausencia de proyecto com\u00fan, se conjuga aqu\u00ed con la sinraz\u00f3n de los planificadores\u201d, concluye Robert.<br>Si para Georg Simmel los transportes urbanos posibilitaban el contacto t\u00e1ctil y visual entre personas desconocidas, sin m\u00e1s relaci\u00f3n que la del azar de coincidir en un viaje (ese tipo de encuentros vertiginosos tan celebrados por los surrealistas), en la experiencia de Robert sucede casi todo lo contrario: \u201cLa primera vez que tom\u00e9 el metro, vi que todo el mundo permanec\u00eda callado\u2026 Era la primera vez que ve\u00eda a un grupo de personas que estando en el mismo vag\u00f3n no se hablaban, no se miraban y no sonre\u00edan.\u201d Tal vez desde ah\u00ed, con Robert, podemos preguntar: \u201c\u00bfEsperamos de los transportes que hagan de la velocidad y de sus signos un elemento predominante del paisaje, o queremos que nos ayuden a desplazarnos f\u00e1cilmente m\u00e1s all\u00e1 del radio de acci\u00f3n de nuestros pies?\u201d<br>\u00bfQu\u00e9 queremos, en realidad? \u00bfVivir de acuerdo a necesidades que se nos imputan? \u00bfCiudades sectorizadas? \u00bfM\u00e1s velocidad? \u00bfEscondernos de la noche y vivirla puertas adentro? \u00bfOlvidar o conservar (o romantizar) nuestros \u201cvalores vern\u00e1culos\u201d, como las llama Robert? Y por \u00faltimo: luego de leer Los cron\u00f3fagos, \u00bfme atrever\u00e9 a esbozar un \u201cproyecto com\u00fan\u201d con vecinas y vecinos para caminar por mi calle? (\u00bfEs realmente mi calle?)<br>Estas preguntas pretenden profundizarse a trav\u00e9s de una investigaci\u00f3n que si bien es en buena parte te\u00f3rica y literaria, tampoco desde\u00f1a el estudio de campo, el di\u00e1logo con motociclistas, automovilistas y, por supuesto, gente de a pie.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Desplazamiento pendular obligatorio: as\u00ed caracteriz\u00f3 Jean Robert el transcurrir de quienes habitamos las ciudades dominadas por el motor, en su libro Los cron\u00f3fagos, la era de los transportes devoradores de tiempo, una de las cr\u00edticas m\u00e1s duras y documentadas contra los sistemas de transporte y nuestras propias formas de movernos en el espacio urbano. 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