El Ciborg y el Golem medieval judío. Dos mitos comparativos. (Apuntes para una genealogía introductora del Ciborg)

 

Los espíritus que he invocado

no puedo ahora disipar.

(GOETHE, El aprendiz de brujo)

 

Durante la Edad Media, a la invención de la cultura e identidad del Sephar en España a manos del texto del Zohar, atribuido a Moisés de León en el siglo XIII[1] en el dio lugar a una reinterpretación del texto bíblico o Tanaj, pues a diferencia del Cristianismo que cierra su canon de textos sagrados e interpretación en el Libro de la Revelación, el Judaísmo permite una interpretación más abierta de la misma Tanaj, agregando a los libros ya establecidos nuevas interpretaciones que amplían y actualizan la Tradición. El Zohar dio lugar a la proliferación de la Kábala en España, una interpretación alegórica del Génesis que permitía no sólo estudiar de manera vivencial y a la influencia de los neoplatónicos el texto del Génesis, sino que ayudó a la consolidación de un pueblo cuya función era la de mantener el comercio en al-Ándalus y los territorios cristianos emergentes durante el siglo XIII, quienes a pesar de ser una minoría, denominaron al territorio español como Sefarad para identificarse como habitantes propios de la España musulmana de al-Ándalus[2].

Pues bien, dentro de esta interpretación surgieron varios mitos que ayudaban al pensamiento y reflexión del judío en relación con su Dios. La filosofía judía siempre se ha hallado permeada a la luz de la teología según la corriente que maneje. Junto al texto del Zohar, algunos místicos judíos (que podrían considerarse también como filósofos, puesto que se encargaban de pensar y reflexionar sobre su condición desde sus textos sagrados), se apoyaban también en el texto del Sepher Yetzirah o Libro de la Creación, reinterpretación del libro del Génesis a la manera de la Kábala Judía.   El mito configura siempre una manera de interpretar el mundo y la relación del hombre con su entorno, así el mito del Golem inscrito en esta tradición denotaría cierta creación imperfecta a manos del hombre que en un principio era útil, pero que si se descuidaba podía llegar a resultados catastróficos. Antes de continuar con la explicación del mito del Golem, habría que ver lo que la tradición judía nos dice del mismo:

“El Golem es una criatura, particularmente un ser humano, creada artificialmente por medio de la magia, mediante el uso de nombres sagrados. La idea de que es posible crear seres vivos de ese modo está difundida en la magia de muchos pueblos. Son conocidos, en particular, los ídolos e imágenes a los que otros pueblos primitivos atribuían el poder hablar. Entre los griegos y árabes, esas actividades están ligadas a especulaciones astrológicas basadas en la posibilidad de <<atraer la fuerza de las estrellas>> hacia entes de menor categoría. Sin embargo, el desarrollo de la idea del Golem en el judaísmo se halla muy lejos de la astrología. Sus raíces se encuentran en la interpretación mágica del Sefer Yesirah y en la noción de qué el lenguaje y las letras poseen un poder creador”. [3]

Así, el Golem es en el mito judío la creación del hombre mediante la manipulación del acto que se le atribuye sólo a lo divino; el uso de los nombres sagrados dentro de la tradición judía habla de cierto conocimiento de lo divino, no entendido como conocimiento moderno, claro está, sino desde la experiencia de lo divino el estudio de la Tanaj, de lo oculto. El lenguaje se vuelve metáfora de lo creador, palabra que se torna acto a través de la transformación de aquello que poseemos en el interior. Para autores como Moshé Ídel, el Golem en sus orígenes no es sino una transformación mágica del individuo[4] orientada hacia explotar el lado bestial del ser humano en trabajos pesados o incluso en la guerra. La transformación tiene que ver con que el individuo sea capaz de adoptar lo que el contexto le exija recreándose en un hombre artificial capaz de ser utilizado para fines pesados y luego regresado a su naturaleza original. El Golem no es entonces un estadio perpetuo, sino momentáneo. Con esto la mística judía reconocía el peligro de la creación de un hombre artificial dejándolo fuera de control. En su contexto, tan hipótesis se atribuye a que sólo Dios es capaz de contener y manipular lo creado, por lo que las creaciones humana siempre serán imperfectas y sólo servirán momentáneamente para aquello que se les ha creado. El mito del Golem evolucionó hasta ponerse en contacto con influencias de la modernidad. Entonces ya no se reconocía su uso místico. El Golem representaba los límites a los cuales el hombre había de acceder. Dentro de los relatos de la tradición judía se planteaba que al dejar al Golem solo, este crecía al amasar e integrar a su cuerpo la tierra que pisaba, volviéndose cada vez más grande e imposible de detener y, eventualmente, destruyendo a su creador con una violencia indescriptible.   El peligro de que la creación humana terminara destruyendo a su creador era reconocido por la mística judía y pasó a nuestra cultura a través de mitos como el del Doctor Faustus y el de Frankenstein[5] o incluso El aprendiz de brujo.   A la llegada de la modernidad el mito como explicación del mundo fue aparentemente soterrado del saber y la ciencia pasó a configurar el nuevo mito capaz de crear conocimiento.   Los mitos que trataban de mostrar la enseñanza del poder ejercido como tecnología y s descontrol a manos de hombre fueron olvidados. Al respecto, Yehiya Naiyef nos dice:

“Esta visión de la amenaza de las obras tecnológicas del hombre no cambió hasta que las nuevas ideas comenzaron a transformar las sociedades, particularmente cuando el hombre dejó de considerarse a sí mismo como una criatura del pecado original y cuando la noción de futuro y progreso quedó entrelazada: el futuro debía ser mejor que el presente y el pasado. La modernidad fue la ruptura con el orden divino, un nuevo contrato con la realidad, la cual podía ser explicada sin echar mano a supersticiones y delirios fantásticos. “[6]

Entonces la modernidad dio paso al desarrollo de la tecnología, los nuevos paradigmas establecidos a través de la evolución de la ciencia permitieron que cada vez más el hombre fuera desarrollando un conjunto de técnicas a las cuales denominaría más tarde como tecnología para facilitar su vida y a la vez que se enajenara con ella.  Los nuevos avances se fueron presentando de tal manera que fuesen atractivos para quiénes consumieran la tecnología hasta el punto de configurar una simbiosis con las inclusiones tecnológicas que nos rodean. El hombre creó otro “hombre” basado en la tecnología, atraído por la estética que se le presentaba de frente, antropologizada a su imagen y semejanza. “Tenemos entonces un doble fenómeno: por un lado la estetización de la tecnología, y por el otro la tecnologización de la estética, de tal manera que los aparatos que usamos son influenciados por una estética maquinal, que a su vez influye en nuestro gusto[7].

Así el hombre creó a la máquina, y la máquina “creó” una cultura sobre sí misma, dejando al nuevo hombre, al post-humano, como definen autores como Donna Haraway , en la incertidumbre de no saber exactamente hacia donde pender. El hombre actual no se única ya en los campos del humanismo que lo declaran como dueño de la naturaleza, se sabe subordinado a la tecnología, pero tampoco acaba por definirse como ser despegado de su cuerpo biológico y apegado a la tecnología. Vive entonces en una constante melancolía por no acabar de ubicarse entre uno y otro estadio. Ante tal cuestión, Fernando Broncano denomina a estos seres como “seres de la frontera o ciborgs[8]. El Ciborg, término influenciado por la ciencia ficción que crea todo un mito a su alrededor: ser indefinido entre las prótesis tecnológicas y la carne, simbiosis entre lo natural y lo artificial, pasa a conformar una identidad subjetiva, una nueva forma de subjetividad inserta en la sociedad con sus propias temáticas y problemas filosóficos. Broncano define al Ciborg de la siguiente manera:

“Los humanos no están inacabados, al contrario, sus técnicas, sus prótesis, los contextos de artefactos en los que evolucionaron sus ancestros homínidos les constituyeron como especie: no necesitan una técnica para completarse, sin producto de la técnica. Son, fueron, somos lo que llamaré seres ciborgs, seres hechos de materiales orgánicos y productos técnicos como el barro, la escritura, el fuego”. [9]

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[1] Moisés de León, Zohar. Libro del Esplendor, Trad. Esther Cohen, Ed. CONACULTA, Barcelona, 1999. 4p.

[2] Cf. Vicente Salvatierra. Al-Ándalus. De la invasión al Califato de Córdoba. Síntesis. España.   44p.

[3] Encyclopaedia Judaíca [1971] vol. 7, Col. 753, cita en: Idel Moshé, El Golem, Tradiciones mágicas y místicas del Judaísmo sobre la creación de un hombre artificial, Siruela, Anzos, 2008, 49 p

[4] Para abordar el tema de manera completa puede consultarse la obra de Moshé Ídel: El Golem. Tradiciones mágicas y místicas del Judaísmo sobre la creación de un hombre artificial, propuesto en la bibliografía.

[5] Yehya Naief, Tecnocultura. El espacio íntimo transformado en tiempos de paz y guerra, Tusquets, México, 2008. 16 p.

[6] Ibíd., 16 p.

[7] Ídem 19 p.

[8] Cf. Broncano F. La melancolía del Ciborg. Herder. Barcelona 2009. 22 p.

[9] Ídem 19-20 pp

El Mito del Golem y el hombre postmoderno. Con los ojos vueltos al Cyborg. (VI)

Construcción del «hombre postmoderno».  Con los ojos vueltos al Cyborg

-Hombre de arcilla, hombre de carne.  Necesidad de romper el Golem-

Dado el bosquejo anterior, el hombre postmoderno puede compararse con un Golem de arcilla, producto de los diversos discursos que tuvieron lugar posteriormente a la razón.   Tenemos entonces un “hombre de arcilla” cuya emergencia denota tiempos que ya no dependen de la razón y que, en su afán de olvidar los mitos como  aquello que no trajo esperanza, ha caído en adoptar y personificar otros mitos que refunden su vida social, asumiendo y mezclando cuanto le sirve de cada discurso para crearse múltiples rostros y personalidades, olvidando así lo que lo define como ser humano.

En contraposición al hombre de arcilla o Golem, tenemos al “hombre de carne”, del cual se desprendieron los conceptos de dignidad humana y modelo de ciudadano.  Durante la edad de la Razón se buscó centralizar al hombre con distintos fines políticos teniendo siempre por delante a la razón, lo que llevó al ocaso a aquel que buscaba una identidad que ya no dependiera del dios cristiano que sojuzgaba a las naciones y cuya representación era el poder del monarca.  Pero la búsqueda por centralizar al hombre y darle una dignidad por su origen, así como su desarrollo correcto en el actuar del sueño de la Ciudad como aquella utopía donde se reuniera lo mejor de cada religión y pensamiento occidental para que todos pudieran convivir juntos. El hombre de carne es aquel que nace previamente a la edad de la Razón y luego de la búsqueda del hombre servil, creación de Dios, del Medioevo, es el hombre que posee, domina y se deja dominar por sus pasiones e instintos animales como por la imitación de las potencias divinas del intelecto que dan lugar a lo que conocemos como Razón.  Es decir, el hombre de carne es aquel que  conoce sus límites y sabe actuar en el momento justo potenciando tanto las pasiones que tiene por naturaleza (instinto y supervivencia) como aquellas que ha creado para defenderse del entorno y que denominamos comúnmente como razón.   El expositor de ésta idea de lo que es el hombre y de cómo asume su dignidad desde el dominio y dejarse dominar por lo que lo constituye es Pico Della Mirandola, filósofo del cual pretendo retomar algunos de sus conceptos sobre lo que es el hombre, trasladándolos a la actualidad para poder trazar un camino de comprensión de aquello que nos configura como seres humanos, como ese discurso civilizatorio que puede resquebrajar con el Golem postmoderno –el hombre de arcilla-, llegando finalmente al inicio de aquellos mecanismos que Foucault llama relaciones de poder como aquellas dinámicas a través de las cuales construimos la Sociedad buscando la supervivencia al convivir con los otros.

El Golem postmoderno es la asunción de diversos discursos con el fin de encontrar algo de qué asirse ante el temor a la muerte.  El fracaso del sueño de la Razón nos ha mostrado un  mundo sin esperanza, donde es posible pasar y fracturar la arcilla del otro  sin siquiera mirarlo o tomarlo en cuenta.  Justo porque es diferente y porque el discurso postmoderno (si es que puede llamársele de tal manera a la conglomeración de discursos que tenemos actualmente) permite enfrascarse en su misma recubierta sin importar lo que el otro piense (solipsismo), llevándonos a asumir nuestra propia “verdad” que impide el dialogo con el otro promoviendo la agresión ante lo que es distinto.  La posibilidad latente de los múltiples rostros a través del ciberespacio    facilita la construcción del Golem que se enfrasca en arcilla sin conocerse a si mismo, y que tras la asunción de su solipsismo se encuentra en un estado constante de agresión contra aquel que se muestre distinto a lo que sus diversos rostros virtuales pretenden mostrar y decir como suyo.

En realidad el hombre de arcilla no tiene una aceptación de las pasiones que lo pudieran constituir, dado que no las conoce, o si en algún momento de su existencia, cuando aún se hallaba en la búsqueda de una configuración “humana”, afloró alguna de sus pasiones mostrando apenas una parte del rostro bestial que la conforma, corrió a suprimir o esconder su bestialidad, travistiéndola de cuanto discurso exista y que pueda proporcionarle la tranquilidad y el confort de ignorar aquella bestialidad latente.  Eugenio Trías en su ensayo Filosofía y Carnaval llama máscaras a los diversos disfraces que los discursos ofrecen de sí mismos: Nietzsche se disfraza de Nietzsche[1] en cada uno de sus textos para desmontar los discursos que la filosofía se había forjado para fundamentar la verdad.  Con ello Trías pone como ejemplo que, de la misma manera que Nietzsche se propuso asumir ciertos discursos creando lo que el autor de Filosofía y Carnaval llama máscara,  la filosofía occidental se ha encargado de hacer lo mismo con sus discursos y definiciones sobre qué es el hombre, llegando al grado donde el hombre ya no es un ser humano, en su lugar se halla una multitud de máscaras y disfraces generando así una filosofía carnavalesca que lleva a la muerte del hombre, que solo es un cascarón travestido  de carnaval.

No tomaré la definición que Trías propone como máscara, dado que pretendo darle un enfoque distinto al propuesto en la explicación anterior, pero asumiendo su muerte del hombre provocada por los diversos discursos que el hombre se la filosofía le ha impuesto, afirmaré mi tesis sobre la construcción del hombre de arcilla o Golem postmoderno como aquel ente que ha dejado de ser humano al no conocerse, al no asumir su bestialidad, y al disfrazarse de cuanto discurso haga falta para sobrevivir .

El que el hombre de arcilla actual afirme su ego sum (yo soy), intentando configurarlo de diversos rostros virtuales, lo lleva a perderse entre sus múltiples rostros, a disolverse perdiendo consigo la dignidad del hombre y lo que conocemos como persona humana.   Quizá no sea esto lo que me resulta más grave del hombre de arcilla, sino el constante estado de agresión en el cual sobrevive contra aquello que le es diferente siendo que él mismo es distinto de sí dado que ya no hay una integración o unidad que podamos llamar ser humano.  La negación a conocer y afirmar de suyo su bestialidad, su locura, así como su estado constante de agresión lo lleva eventualmente a la producción de violencia en la Sociedad, Bestia mayor que poco a poco se diluye al igual que el hombre de arcilla en el ciberespacio que no necesita de un lugar físico para moverse.

Me parece que una filosofía carnavalesca como es propuesta por Trías no es completamente posible hasta el momento en el cual comienza a reconfigurarse el ser humano, no mientras os múltiples rostros o recuperen una unidad compuesta a su vez de la diversidad de ser bestia con múltiples máscaras (entendiendo máscara como un discurso creado socialmente que funciona como dispositivo de control), pudiendo jugar con unas y otras a voluntad, dando lugar entonces al Carnaval Social.

Si no hay conocimiento de lo que uno es, de lo que uno como ser humano puede alcanzar y hacer, no puede haber un movimiento de baile que permita colocarse una máscara de terror, paciencia o tranquilidad, mientras que el baile de la vida o mascarada se desarrolla constantemente.  Para romper la tensión constante de sobrevivir en la agresión, es necesario saber como funciona cada máscara, resquebrajar el hombre de arcilla, conocer a las bestias y comenzar a travestirlas de aquellas máscaras que sabemos cómo funcionan.

Una vez roto el Golem no hay marcha atrás, pues se conozca totalmente o no a la o las bestias, inevitablemente se comenzará a enmascararlas para dominarlas.  Si se le intenta dominar, eventualmente la bestia correspondiente romperá sus ataduras y emergerá violentamente, no se necesita domar a la bestia (la razón ya lo intentó durante varios siglos y fracasó), sino dejarse dominar por ella para saber en qué momento dejarla actuar o frenarla, enmascararla con una sonrisa pacífica en tiempos de guerra y dejarla morder en el momento preciso.    Pero antes de llegar a las bestias, que es a donde el Golem lleva inevitablemente, necesitamos conocer qué estamos entendiendo por hombre, y para ello creo que la definición de hombre propuesta por Pico Della Mirándola es la que podría arrojarnos  una mejor comprensión de la unidad que osamos llamar “Ser humano”.  Pero eso lo trataré en el siguiente capítulo.

Bestia en el espejo


[1] Eugenio Trías, Filosofía y Carnaval, en: Filosofía y Carnaval y otros textos afines, Anagrama, Barcelona, 1984, 79 p.

El Mito del Golem y el hombre postmoderno. Con los ojos vueltos al Cyborg. (V)

Construcción del «hombre postmoderno».  Con los ojos vueltos al Cyborg .

-El Cyborg y la nueva esperanza.  El Mesías ha llegado.-

El hombre construye sus sociedades a través de los mitos.  Lo complejo del entorno lo ha llevado durante la historia, a la búsqueda constante sobre el explicar su existencia y el mundo que le rodea.  Nuestra cultura Occidental se ha olvidado de sus raíces místicas y espirituales[1], llevando al hombre al sinsentido de su existencia.  La Muerte de Dios plasma el punto que pareciera no tener retorno en el cual el ser humano parece desvincularse de lo sagrado.  Las diversas dinámicas sociales  que intentan fundar una esperanza ya no se mueven en la búsqueda de  una relación deidad – hombre, por lo que el drama  de la moralidad pareciera ya no tener lugar dado que se ha renunciado a la existencia de algo divino que nos vincule con el mundo.

Sin embargo la sociedad, en su afán de explicarse el mundo y busca un sentido  bajo el cual pueda construir y ordenar la vida, así como  mantener algún tipo de esperanza, ha reinventado sus mitos para poder subsistir entre dinámicas de control de unos sobre otros.   Nuestra sociedad actual no es la excepción en la reinvención de sus mitos.  La Razón y la Ciencia a finales del siglo XIX trajeron, junto con el positivismo, una nueva concepción sobre la vida – y por tanto sobre la sociedad-, en la cual los nuevos descubrimientos sobre el universo, sostenidos por la Física, relacionaban al hombre con la complejidad de los nuevos descubrimientos; la vida humana ya no dependía de un pre-determinismo o como una necesidad evolutiva, simplemente la existencia del ser humano respondía a la posibilidad de vida que el universo, en su gran constitución de materia y átomos, podía resultar con el paso del tiempo y condiciones favorables.

Lo anterior no es sino una renovación de la cosmogonía antigua, que no deja de ser una búsqueda por explicar la existencia del ser humano, ahora basada  en la ciencia en lugar de alguna religión antigua.  El positivismo fracasó en su búsqueda por establecer un sistema libre de metafísica y de errores; a mediados del s XX llegó un cambio de paradigma dentro de la Ciencia, y con él, el mito de la Ciencia Objetiva, como lo denomina Schwartz, cayó  abriendo la posibilidad de religar nuevamente al hombre con lo que lo constituye como el mismo se ha autodenominado ser social: ante los distintos cambios de paradigmas y la posibilidad de aceptar que cualquier teoría sobre la formación del universo no es certera del todo, sino que se adecua y responde a un momento histórico especifico, surge una nueva postura asumiendo que el universo y sus leyes funcionan de manera sistemática, poseyendo un grado de complejidad en el cual se desarrollan la vida y las diversas manifestaciones de aquello que produce la unión de átomos y materia con el paso del tiempo.  El ser humano construye entonces un nuevo mito que le permita sostenerse y fundamentar su existencia en un mundo complejo y cambiante:  conforme los nuevos paradigmas científicos ofrezcan avances que permitan modificar lo biológico  y con ello trascender su mera existencia humana.   Cobra importancia en esos momentos de la historia la tecnología y sus avances, ya que el ser humano comienza a fijar sus esperanzas y metas en aquello que  le permita permanecer más tiempo con vida y mostrar “mejorías” que otros no tienen.  El concepto de Cyborg alberga y ofrece al hombre postmoderno la posibilidad de trascender ante la muerte al permanecer más tiempo vivo, recuperarse de enfermedades que años atrás llevaban inevitablemente a la muerte.    Toma forma entonces el mito de la tecnología y el mito del Cyborg como el Prometeo que trae la luz y la ciencia a los seres humanos en el siglo XXI.  Pero antes de continuar con las “maravillas” que nos ofrece el mito del Cyborg, me parece prudente recorrer con un poco más de detalle las diferencias entre robot, androide y Cyborg,  presentadas de una manera rápida en el capítulo introductor al Golem y al Cyborg.

La tecnología y las máquinas se han presentado como un avance desde la primera Revolución Industrial; presentaban ya una novedad al reducir los tiempos de trabajo en las fábricas y reducir la mano de obra, con lo cual el  dueño de la máquina podía ahorrarse capital que pagaba a otros trabajadores.  La ciencia ficción presentaba a sus lectores –de una manera imaginaria, pero dejando entrever problemáticas que las máquinas traían a la sociedad de los escritores-, lo que un denominado “robot” podía hacer  en lugar de un ser humano; a grandes rasgos un robot es una máquina, que no necesariamente tiene forma humana, utilizada para acelerar procedimientos que el hombre tardaría mucho en realizar, al menos es esa la definición que lo escritores de ciencia ficción de principios del s XX ofrecían en sus lecturas.  Dentro de las historias mencionadas y con el tiempo, las máquinas se volvían un problema dado que se hablaba de que en algún momento el avance del robot llegaría a un punto donde cobrara inteligencia por sí mismo y destruyera a su creador.  En ello el robot dentro de la imaginería resultaba similar al Golem.  Actualmente los robots cobraron realidad y  son usados para investigar el desarrollo de la llamada inteligencia artificial, término tomado de la ciencia ficción como el avance que una máquina puede presentar en contraposición a un ser humano.   La imaginería del hombre siguió desarrollándose y luego propusieron la existencia de robots similares a los seres humanos, con una inteligencia artificial superior a la de un robot convencional, de nuevo la advertencia hecha por escritores era la misma: las creaciones de ser humano pueden en algún momento llevarlo a su propia destrucción.  Tales imaginerías no venían simplemente de una mente desocupada: provenía del desastre de la guerra y las innovaciones  en armamento que se habían desarrollado con el fin de destruirse unos a otros. Realmente el hombre no necesita de un dios castigador. Le basta con una ambición de dominar y someter a otros para que con sus mismas invenciones pueda destruirse.   Los peligros de la creación de una inteligencia artificial y un androide ( una creación humana de apariencia similar a un ser humano pero elaborado de metal como cualquier máquina), pueden observarse en las películas de Terminator, donde la inteligencia artificial llega a un punto en el cual está a punto de exterminar a los seres humanos y, para eliminar a aquellos que aún quedan, les envía androides con una cubierta de tejido vivo similar a la piel, por lo que no es sencillo reconocerlos.   El mito del androide presentado por la ciencia ficción de finales de los años setenta del siglo XX llevó, como en años anteriores, al desarrollo de máquinas que pudieran brindar ayuda al hombre: la posibilidad de reemplazar  alguna parte del cuerpo perdida por un accidente, o incluso la ampliación de los sentidos ante gente que pierde la capacidad de usar alguno de sus sentidos.  Nace con ello el concepto del Cyborg, como aquel individuo que está compuesto por partes de máquina y partes naturales o humanas.  El concepto es tomado, al igual que sus antecesores,  de la ciencia ficción de los años ochentas y noventas del siglo XX, donde se reflejaba ya la posibilidad de que estos individuos existieran.

El problema presentado ante un Cyborg no reside en que esté hecho o que contenga en si partes mecánicas.  El problema radica en, como ya es señalado en la ciencia ficción, la utilización de sus partes mecánicas con el fin de  deshumanizar al hombre, así como el querer evitar el dolor y la muerte con el uso de aquello que no es natural al ser humano.  Una cosa es abogar por condiciones y calidad de vida, y otra muy distinta volver el fin de la vida misma el “perfeccionarse”, queriendo evitar lo que es natural a cualquier ser vivo.    Las herramientas que la tecnología ofrece para mejorar la calidad de vida, curar enfermedades e incluso reemplazar extremidades del cuerpo pueden ser útiles al ser humano, y cada caso ha de ser evaluado con extremo cuidado.   Pero el hecho de querer trascender la muerte mediante la asunción de un discurso en el cual, el ser humano cobra valor en la medida que puede evitar o retrasar sus dolencias y la vejez misma, me parece nefasto.  En el fondo lo que se oculta tras este problema es la no – aceptación de la condición biológica que poseemos, ya no se niega la bestialidad per se, sino  que se refleja el miedo de en realidad no tener dada a que asirse.  La incorporación de la muerte a la vida cotidiana proviene desde que el ser conocido como homo sapiens toma conciencia de la muerte y busca superarla y  aceptarla.  Los rituales mágicos, las religiones y los mitos son, a grandes rasgos, un intento por incorporar la muerte al acontecer diario de la vida.  Surgen entonces los discursos sobre la vida como preparación para la muerte.  Sin embargo, parece ser que en nuestra sociedad, aún con los inmensos avances tecnológicos que poseemos, el miedo a la muerte es una de las principales preocupaciones del ser humano, que pone su existencia en un discurso – mito que, tras ya no haber religión o símbolo que denote una trascendencia más allá de la muerte con el sentido que uno le da al vivir diariamente, se ata en la esperanza de que la tecnología misma pueda evitar lo que naturalmente está dicho.  Es entonces cuando el ser humano se re-inventa  a sí mismo en un Mesías que venga a solucionar el problema de la muerte.  La tecnología en unión con lo biológico parece que puede ofrecer una esperanza para no morir, o eso es lo que el mito del Cyborg nos presenta.  Y el Cyborg no es sino una actualización del mito del Golem.  Ahora bien.  El hombre postmoderno tiene la esperanza de que la tecnología puede salvarlo incluso de sí mismo.  A través del ciberespacio es capaz de “vivir otras vidas”, asumir riesgos y conocer lugares a los cuales no podía acceder con facilidad antes.  Cada vez que el hombre asume una identidad distinta desde el ciberespacio, por ejemplo a través de las redes sociales, se fragmenta en tanto como pueda imaginar, se re-crea personalmente cuantas veces sea necesario , pero se olvida y evade su bestialidad, no se conoce a sí mismo, y al no saber hablar sobre sí, sobre su propio contenido, se inventa cuantas personalidades puede.  En esta medida el hombre postmoderno es un Golem que tras no saber lo que es, (no conoce su humanidad) inventa y crea múltiples hombres de arcilla, frágiles personalidades en las cuales esconderse y que pueden reproducir diversos discursos, a la manera del Golem cada discurso es una orden introducida en él.  ¿Y quién es el creador del Golem como mito actual?.  La Razón de la modernidad y el escapar del sinsentido.  Luego entonces, queda preguntarse: si solo somos hombres de arcilla, figuras de barro que se resquebrajan fácilmente,  ¿qué hay dentro de las figuras?, ¿si el Golem se rompe solo hay un hueco por llenar, solo quedan los pedazos de discursos regados o existe la posibilidad un hombre en construcción?

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[1] Fernando Schwarz, Mitos, ritos y símbolos, Antropología de lo sagrado, Biblos, Buenos Aires, 2008, 11p-

El mito del Golem y el hombre Postmoderno. Un camino hacia la tecnología (IV)

1.3 Construcción del hombre Postmoderno, con los ojos vueltos al Cyborg.

-El mito del Golem en la Postmodernidad, notas sobre un problema-

Hasta ahora he esbozado lo más breve posible una genealogía sobre cómo se ha ido construyendo dentro de la mística judía el mito del Golem, el fin que intento alcanzar con lo anterior es sentar una base sobre las implicaciones que abordó en su momento el hablar sobre la creación de un hombre artificial desde un pensamiento específico.  Tratar de saltar desde una concepción medievalista o moderna del Golem hacia la sociedad del siglo XXI resultaría anacrónico, puesto que no contamos actualmente con el mismo contexto histórico – cultural que el de hace tres o cuatro siglos.  Sin embargo, una vez que ya hemos reconstruido históricamente ciertas nociones sobre los problemas presentados por el mito del Golem, resulta que podemos rescatar algunos elementos de el mito ya explorado, que resultan similares al comportamiento que maneja el ser humano actualmente.  Al final de capa apartado he procurado ir presentando pequeñas ideas que sugieren la comparación de problemáticas presentes en el mito mencionado con lo que se desarrollará a partir de éstas líneas, pues resulta que  los acontecimientos históricos siempre se repiten de alguna u otra manera, y muchas veces, mitos o leyendas que fueron pensadas hace siglos, cobran realidad dentro de una sociedad decadente como la nuestra.   Ya apuntaba previamente a la Razón dentro de la cultura occidental como aquello que buscaba la constitución de una definición del hombre por ser hombre y no creación divina.   En occidente durante la Edad Media, el concepto de Dios se había vuelto un ordenador moral y un dispositivo de control social, la libertad que promovía el Cristianismo de los primeros siglos se había perdido y modificado sus conceptos de tal manera que sirvieran a intereses sociales, justificando el poder de unos cuantos sobre el resto de la población.  Como respuesta la modernidad busca re-construir otro ideal de hombre, que ya no dependiera totalmente de un dios que castiga y premia, pero que siguiera obedeciendo a los interese s de unos cuantos, al menos ese fue el caso de diversas corriente filosóficas que sirvieron para cambiar y justificar el control político de unos sobre otros, cambiando únicamente de Señor al cual prestarle obediencia.

Con el paso del tiempo surgieron diversas concepciones sobre qué es el hombre, algunas muy alejadas de la concepción de hombre que presentaba la Modernidad en sus inicios.  Las diversas corrientes filosóficas que entronizaban a la Razón como el fundamento de la libertad del hombre cayeron a finales del siglo XVIII en aquello que decían buscaban desterrar: una moralidad que contralara, mediante los términos de verdad y falsedad, lo que fuera correcto e incorrecto para la sociedad.  Nietzsche se encargó de denunciar la problemática que ya “olía mal” en su tiempo: la Razón o ha curado al hombre de su ignorancia, lo ha embaucado en una reconstrucción de términos que lo han llevado a perderse de o que en realidad es, haciéndole creerse superior por poseer algo llamado intelecto o Razón, invención del ser humano débil y esclavo de otros más fuertes para justificar sus derechos y su lugar en la sociedad derribando al fuerte del poder.  El Cristianismo se convirtió en un dispositivo de control social, y más tarde la Razón hizo lo mismo, en realidad en Occidente no había una liberación que condijera a la verdad.  Si existía algo que fuese verdadero, no podía sujetarse meramente a definir no que es bueno y lo que no lo es, pues eso es fácilmente manipulable a los intereses de unos cuantos, y el débil cuando se hace del ejercicio de poder suele ser más cruel que lo que era el fuerte.    Aquello que Nietzsche denunciaba mediante sus escritos cobró actualidad durante la Segunda Guerra mundial y las guerras posteriores.  Con ello la modernidad había muerto; ni siquiera había llegado a su plenitud cuando ya presentaba los síntomas de su ocaso:  la esperanza había muerto, Dios, como concepto representante de la moral y la esperanza había muerto también.     Palabras demasiado fuertes para aquellos que se decían liberales y que conservaban a conveniencia una moral cristiana de esclavos, que mediante la culpa hacía menos que humano a aquel que cometía un error.  Había legado entonces el principio de la Postmodernidad.  Y como si Nietzsche fuese un profeta (entendiendo profeta como aquel que denuncia los errores de la sociedad dado que ya ocurren, y que pronostican calamidades como consecuencia lógica de los errores cometidos) sus palabras cobraron realidad durante el siglo XX, el hombre había quedado desencantado de todo lo que se le había venido pronosticando como promesa de salvación.  Campos y ciudades apestaban a muerte y no salvación durante la primera mitad de los años cuarenta del siglo XX, con ello se mostraba que en realidad no había algo que pudiera salvar al hombre de sí mismo, que no lo hacía trascender la muerte.  El cuento, el sueño de la Razón había finalizado de manera abrupta y cruel, despertando a sus soñadores con un golpe frío de sangre y pestilencia en la cara.  Entonces el hombre guardó silencio luego de un grito estremecedor ante el horror de la no esperanza.  Desde entonces no pudo volver a hablar, al menos no de sí mismo, tuvo que regresas sobre sus pasos en el pasado para buscar algo de lo que no había funcionado y crear nuevamente una esperanza de la cual asirse.   Se hablaba entonces de que  ya no hay una verdad, sino diversas verdades que dependen de su contexto, que muestran diversos paradigmas cambiantes y que  son incapaces de gritar una verdad del pasado a una más reciente debido a que sus condiciones fueron distintas.

El hombre que callaba y no encontraba humanidad en sí mismo se convirtió en un dispositivo que repetía cuanto discurso encontrara delante  para asirse a algo ante el desencanto.  En esa medida podemos decir que se convirtió en un Golem, pues se reveló hacia su creador, hacia la Razón, al ver que no podía salvarlo, y comenzó a destruir todo cuanto tuviera enfrente, a crecerse llenándose de papeles diversos que contenían muchos discursos entremezclados, buscando una identidad, y ejecutando las ordenes de los discursos aunque fuesen contradictorias.

Luego surgió algo de algunos pensadores:  la Ciencia Ficción buscaba presentar una esperanza en la tecnología, pues la guerra se había asido a los avances tecnológicos como aquello que posibilitaba su dominio del ejercicio de poder sobre el resto del planeta.   Se habló por loa años veintes del Robot, la máquina capaz de ofrecer una ayuda al hombre ante su desesperación de vivir; luego vino el androide como una máquina que se parecía a un hombre (esto recuerda en alguna medida al mito medieval del Golem); y finalmente llegó durante los años ochentas el nacimiento del Cyborg: un ente que entremezclaba lo biológico del ser humano con los avances tecnológicos, volviéndolo más fuerte, e inclusive capaz de imponerse contra aquellos que lo dominaban previamente.

William Gibson, a mediados de los años ochenta,  presentaba en sus novelas un recurso futurista conocido como el ciberespacio, como aquello que como avance tecnológico conectara al mundo entre sí, a través de redes neuronales, bajo un solo gobierno.  La tecnología aplicada en las masas decía haber unido al ser humano, pero en el fondo lo había dejado expuesto totalmente a la carnicería de los gobernantes y de unos cuantos.  Nuevamente el sueño de protección, la esfera contra la muerte se había re-creado en aquellas novelas.  Ahora, a comienzos del siglo XXI parece ser que todo aquello que Gibson inventara y usara como recurso Deus ex Machina se ha vuelto realidad, nos hallamos viviendo en el ciberespacio, desde donde se pueden leer éstas líneas, sin un lugar físico que nos aloje, seguimos repitiendo los discursos que nos presentan, bajo el presupuesto de “tomar lo mejor de cada cual” para nuestro provecho.  Y justo hemos asumido un discurso que nos dice protegernos y darnos mayor libertad desde el ciberespacio.  Quizá en realidad nos hemos creado una recubierta de arcilla, o una burbuja de cristal dónde escondernos donde fragmentarnos, creando diversos avatares de lo que decimos ser.  Depositando anhelos e ideas en cada uno de esos avatares.   Y sin embargo aún callamos, si alguien nos preguntara a quemarropa ¿qué somos?, aún no podemos dar una respuesta: repetiremos cientos de discursos, miraremos los avances tecnológicos como la esperanza en la cual nos miramos a futuro (un futuro que entre más próximo, mejor), evitaremos el dolor de no saber aún que somos, el dolor de saberse Golem sin conocer lo que la palabra misma explica y encierra en sí misma.     No sabemos respondes sobre qué es el ser humano, pues aún nos hallamos perdidos, y la ciencia ficción de hace treinta años se ha vuelto más real de lo que uno puede imaginarse.    Somos seres post-modernos, la modernidad fracasó, somos Golems que no saben hablar de sí mismo no salir de su arcilla.  Y el temor a la muerte no se ha superado,  Quizá, como en las novelas cyberpunk de Gibson, o  en películas como Matrix, Tememos a la muerte a manos de la tecnología misma que dice protegernos.  Los jinetes del Apocalipsis de san Juan cabalgan nuevamente, pero esta vez en caballos de metal y de impulsos eléctricos que viaja por el aire como si de magia se tratara.  Y en nuestro desconocimiento y sin-razón cabe la duda de ¿qué es lo que somos?, para poder construirnos como seres humanos nuevamente .

Animatrix, El segundo Renacimiento.

El mito del Golem y el hombre postmoderno. Un camino hacia la tecnología. (III)

-El Golem y lo racional –

Para el hombre moderno los conceptos medievales son meras imaginerías, el simbolismo místico del Golem medieval pierde sentido  y se contrapone el término de la razón a la magia, entendida como el proceso que re-liga la mística con el simbolismo de lo divino.  Si bien, el potencial creativo del sabio se veía mostrado mediante la creación del Golem, esto se toma como algo negativo, incapaz de mostrar verdad dado que durante la Edad Moderna la verdad no puede ligarse simplemente mediante una relación mística entre un hombre y la verdad.  Las exigencias de la época llevan a que la verdad solo puede construirse y creerse a través de un método que sea infalible, y el Sefer Yesirah, con su lenguaje  no es claro del todo, y para los siglos XVII y XVIII solo es seguida por aquellos iniciados en la Kábala y el Zohar, como una especie de misticismo que nada tiene que ver con la razón.    Pese a ello, diversos autores  durante el Renacimiento y principios de la Edad Moderna, sobre todo cabalistas, siguieron reinterpretando el texto del Sefer Yesirah, la creación del Golem pasó de ser un símbolo místico, a un mito que podía ser realizable como parte de los misterios ocultos de la Kábala cuando el iniciado llegase a poseer el conocimiento total de los nombres divinos.    Se inició entonces una reflexión influenciada por la edad de la razón dónde se buscaba que el Golem reflejara las cualidades más cercanas al hombre y a los ángeles.  Luego del Renacimiento, las ciencias ocultas como la Kábala se entremezclaron con  el Neoplatonismo Occidental gracias a italianos como Pico Della Mirándola y  Marsilio Ficcino.  A través de sus cambios renacentistas, cabalistas como  Jacob Cordovero  afirman que  al ser el Golem una creación humana hecha con selem o imagen,  este  es capaz de captar emanaciones que surgen de los círculos superiores divinos y que le otorgan la propiedad de reflejar la luz que desciende de los cielos superiores[1], asemejándolo a un humano, pero siendo aún inferior a un animal dado que no posee un lenguaje con el cual comunicarse.   La propiedad anterior puede ser traducida como vitalidad (hiyut).  La creación del Golem dentro del ocultismo en los siglos XVII y XVIII se enfoca en lograr la producción de un hombre artificial  que pueda asemejarse  ya no a un esclavo al servicio del amo, sino que fuese capaz de reflejar a través de la ciencia oculta y divina las mayores perfecciones posibles.  Sin embargo dentro de las leyendas conservadas en los siglos mencionados, uno de los problemas principales que preocupaban a los ocultistas era que el Golem, en lugar de denotar perfecciones, llevaba siempre a una catástrofe debido a su torpeza y gran fuerza, dicho de otra manera, la creación de un hombre artificial hecha por manos humanas solo puede generar violencia, a pesar de  que las intenciones al momento de plantear su creación sean positivas.  Las leyendas medievales sobre el Golem fueron retocadas y adaptadas para comenzar a atribuirle al objeto creado cualidades netamente humanas como discernimiento de órdenes, audición y cierto nivel de raciocinio.  El Golem se vuelve peligroso no por el hecho de que sea o no humano, sino porque comienza a adquirir cualidades que lo vuelve incontrolable e independiente de su creador.  Esto acarreó problemas dentro de ciertas comunidades judías dónde el hecho de destruir a un Golem causaba controversia sobre si al hacerlo no se eliminaba a un hombre[2]:  el problema radicaba en que si el Golem  poseía la facultad de oír aunque no pudiera responder, equivalía a la situación de un sordomudo puesto que fue capaz de inteligir una orden, llevarla a cabo y luego salirse de control al luego de cumplir la orden de su amo, destruir todo lo que encontraba a su paso, fuera por un crecimiento desmedido de su cuerpo, o bien por mera destrucción de su entorno al independizarse de su amo.   Al parecer el problema fue presentado dentro del Sanedrín debido a que los cabaliastas cristianos pretendían mostrar que su magia era más poderosa que la magia natural que hace referencia al Golem clásico, cuyas características se presentaron en el apartado anterior.   Sea como fuere, dentro de la Halakhah o ley judía, el problema con el Golem tuvo relevancia por las atribuciones vitales que éste contenía resolviéndose de parte del  testimonio judío con la conclusión de que el Golem no poseía las facultades del alma superior –dado que no era capaz de articular palabra- y que por lo tanto  era inferior al ser humano, aunque superior a otros animales, podría decirse que era un animal antropomorfizado que resultaba potencialmente peligroso al revelarse contra su amo.

Otro de los problemas presentados ante la creación del Golem consistía en que, al poseer la creatura los nombres divinos, poseía ya en si cierta sabiduría divina, y un alma inferior a la del hombre, pero a fin de cuentas alma, que le daba ya cierto nivel de perfección dentro de la creación.   Para una cultura judía donde lo más importante era la demostración del poder divino, el Golem mostrado por los cabalistas no judíos   era un atentado contra el poder divino, pues el cabalista no participaba de la mística judía medieval y en su lugar pretendía mostrar que su razón era capaz de superar a la creación divina, aunque eventualmente terminara en desastres y estuviera condenado a su desaparición.  En las líneas anteriores puede verse ya la conjugación entre la razón y la magia de los cabalistas del siglo XVII.  El enfoque presentado no es el del hombre en condición de creatura hecha a imagen y semejanza de  Dios, sino el mostrar las virtudes del hombre por sí mismo y para el hombre, como un desafío ante la antigua magia medieval que no era capaz de mostrar verdad.  El mito del Golem en la edad de la Razón no hace sino reflejar el detrimento que el mismo ser humano ha hecho de si mismo, al buscar su perfección fuera de algo que lo ligue con su entorno.  La posesión de la verdad ya radica en el hombre mismo, de tal manera que puede re-construirse en una mole de arcilla que refleje las máximas perfecciones que el hombre anhela, aunque posteriormente la creación se vuelta contra el creador, llevándolo inevitablemente hacia su destrucción.

La construcción de una verdad sistemática en la edad de la Razón jamás llegó a su culmen, eventualmente, como en el mito del Golem Moderno, en la búsqueda de la perfección, llevó al ser humano a perderse entre sus conceptualizaciones teóricas sin saber lo que realmente era.  El negar la bestialidad de lo animal y esconderse detrás de un intelecto  denominado como superior, llevó a mostrar cuan capaz era el hombre de actuar bestialmente destruyendo su entorno y a sí mismo, como en el caso de Segunda Guerra mundial del s XX.  Lo que fue hecho con arcilla disfrazada de sabiduría divina, se derrumbó por sí misma, manifestando violentamente lo que intentaba negar ante el desconocimiento de lo que se es.

La figura de arcilla denominada como Golem y creada por la Razón en el pensamiento occidental intenta exigir a su creador respuestas, pero no es capaz de comunicarse con otros, puesto que vive encerrada en sí misma, oyendo los cientos de discursos que su amo ha creado para él, y ejecutándolos sin llegar a entenderlos totalmente.  Ese desconocimiento de su Ser lo lleva inevitablemente hacia su destrucción, y es así como va vislumbrándose el hombre postmoderno, lleno de tantos discursos racionales y mágicos que nunca llegaron a cumplirse del todo, entremezclándolos y ejecutando órdenes que lo llevan a crecer y crecer hasta que atenta contra el orden cósmico al cual pertenece, y comienza a derrumbarse bajo el peso de sus pesadas máscaras de oro que no pueden ser sostenidas por un cuerpo de arcilla.  El Golem postmoderno, u hombre postmoderno, busca desesperadamente a qué aferrarse sin llegar a comprender el por qué de su destrucción.  Solo que actualmente nuestros Golems no claman a discursos en papel que le son insertados como el Golem medieval, en su lugar buscan sostenerse de un ideal enfrascado en lo cómodo y en evitar el dolor: el placebo de la tecnología como discurso heredado de su creador (el hombre racional) y  un nuevo modelo de Golem que busca las perfecciones máximas del hombre como evitar la muerte y alargar la existencia, lo cual se halla contenido en el concepto de Cyborg, lo cual explicaré en el capítulo siguiente.

 

Creación mística del Golem


[1] Cf. Idel Moshé, El Golem, Tradiciones mágicas y místicas del Judaísmo sobre la creación de un hombre artificial, Siruela, Anzos, 2008, 207 p

[2] Cf. Idem 222 p.   Moshé Idel ofrece un capítulo completo a la problemática del Golem en el s XVII y su debate sobre si su destrucción atentaba o no contra cierta humanidad concedida a la creatura a raíz de sus facultades vitales dentro de la ley judía.

El mito del Golem y el hombre Postmoderno. Un camino hacia la tecnología (II)

El Golem en la edad de la Razón.

-Formación del concepto de Golem en la Edad Media-

Una vez planteadas las ideas generales en las cuales pretendo situar al Golem en relación con la razón,  hay que aclarar de qué manera ha ido tomando forma el concepto de Golem desde la tradición a la cual pertenece, para lo cual podemos tomar como definición inicial la presentada por la Encyclopaedia Judaíca:

“ El Golem es una criatura, particularmente un ser humano, creada artificialmente por medio de la magia, mediante el uso de nombres sagrados.  La idea de que es posible crear seres vivos de ese modo está difundida en la magia de muchos pueblos.  Son conocidos, en particular, los ídolos e imágenes a los que otros pueblos primitivos atribuían el poder hablar.  Entre los griegos y árabes, esas actividades están ligadas a especulaciones astrológicas basadas en la posibilidad de <<atraer la fuerza de las estrellas>> hacia entes de menor categoría.  Sin embargo, el desarrollo de la idea del Golem en el judaísmo se halla muy lejos de la astrología.  Sus raíces se encuentran en la interpretación mágica del Sefer Yesirah y en la noción de qué el lenguaje  y las letras poseen un poder creador”[1]

El Sefer Yesirah es un tratado de mística judía  que narra la cosmogonía  del libro del Génesis de la Torá.  Cobra relevancia  en el mito del Golem dado que su narración es orientada hacia la técnica bajo la cual  fue creado el universo[2] y la materia mediante las distintas combinaciones de letras del nombre divino.   Es entonces un tratado sobre el uso del lenguaje y cómo la verdad, contenida en el poder divino, manifiesta su voluntad a través del acto creador.  Luego entonces el hombre que consulta el Sefer Yesirah y que busca la creación de un Golem, lo que busca, al menos dentro de la mística judía, es  participar del poder divino, de la verdad, de tal manera que pueda hacerla presente y manifiesta en el mundo, justificando así su existencia.  Puesto que Dios no está presente para reclamar su creación, el hombre puede hacerlo manifestando que conoce y posee la verdad dado que puede hacer uso del lenguaje.

El lenguaje dentro del judaísmo refleja vida y, por ende, verdad.  Sin embargo, no es solo el leguaje lo que denota una creación que sea capaz de mostrar el acto creador en todo su potencial.   El hombre es capaz de hablar y de comunicarse, pero ello no garantiza la posesión total de la verdad, la cual se halla contenida en la manera  en qué fue creado el universo, en la  combinación exacta de letras de uno de los nombres divinos.    El problema con el Golem es que, a partir de los relatos medievales, el Golem no es capaz de hablar ni de utilizar el lenguaje y por ello, no posee un alma (concepto básico  en el cual se manifiesta el más alto grado dentro de la creación divina) o soplo divino, como es el caso de la tierra en algunos relatos,  los animales, el ser humano y los seres angélicos.  Claro que habría que entenderse la distinción entre los términos hebreos Ruaj y Nefesh; el primero se refiere al soplo divino insuflado por Dios a su creación, y el segundo se especifica en lo que podríamos entender actualmente como Intelecto, característica propia de las criaturas angélicas y luego soplada en el ser humano como una cualidad especial y otorgándole el grado más alto en las creaturas corpóreas creadas.

Luego entonces el Golem es un ser que al carecer de Nefesh carece de intelecto, y a pesar de que haya sido creado siguiendo todos los pasos encerrados en el Sefer Yesirah,  no posee la capacidad de “razonar”, lo cual se ve demostrado en su incapacidad de hablar.  Las leyendas medievales que referían a rabinos santos que lograron crear un Golem indicaban que era necesario introducirle las instrucciones a realizar por algún orificio para que las “procesara” y llevara a cabo.  El Golem medieval representaba entonces meramente un ser creado mediante el cual se mostraba el poder divino de la creación de Dios como capacidad contenida en el ser humano, y que mostraba una pequeña parte del poder divino contenido en el hombre.   Sin embargo el Golem era apenas un ser de arcilla, barro o piedra, lento, torpe y que apenas podía ejecutar algunas órdenes pudiendo llevar a resultados catastróficos si su creador no cuidaba de él.   La vida manifestada a través del Golem de las leyendas medievales se lograba a partir de inscribirle en la frente la palabra hebrea “emet”, traducida a nuestro lenguaje como “verdad”, haciendo referencia a lo ya mencionado anteriormente: la relación de correspondencia entre verdad y vida.  Si era necesario matar o desactivar al Golem bastaba con borrar la primera letra  de emet, para que quedara la palabra met, traducida como muerte y como mentira.    Existe entonces una relación contrapuerta entre verdad y mentira en la creación del Golem, solo la vida es verdadera por ser divina, al proceder del lenguaje  denotan un impulso creador en su interior que lleva a la creatura al movimiento.  La mentira dentro de la mística judía es contrapuesta a la verdad por el hecho de no poder moverse, de simular y ocultar el conocimiento auténtico.

La creación del Golem lleva metafóricamente la lucha del hombre por la posesión de la verdad a imitación de lo divino.  Sin embargo la verdad poseída por el hombre es incompleta, es apenas una mera demostración de la fuerza divina que no llega a ser completa, y que su uso es meramente como demostración del poder divino y servicio a manos del Rabí.

Solo un hombre sabio y santo (entendiendo “santo” como aquel que se aparta de otros para dedicarse al estudio de las cosas divinas) sería capaz de hacer presente la fuerza divina creadora, de ahí surge la metáfora que oculta la creación del Golem según la interpretación de Gershom Scholem, quién afirma que la creación medieval del Golem era meramente para fines místicos[3], es decir, servía al desarrollo de la mística del sabio o rabino como una experiencia interior de creación, e incluso de re-creación el sabio en su interior, mostrando que no había una sola naturaleza en el interior del hombre, sino que  aquel que era capaz de unirse místicamente con lo divino, debía ser capaz de crear dentro de sí otro hombre – creatura al servicio se la sabiduría divina contenida en el sabio, capaz de crear.   Si esa nueva creatura se volvía peligrosa al mostrar la bestialidad del ser humano, éste podía destruirla para crearla nuevamente si fuese necesario.    En el fondo el mito de creación a través de manos humanas  solo podía darse al servicio de lo divino, del intelecto medieval o razón  Cuando surge alguna creación humana que intenta olvidarse que proviene del simbolismo de lo divino, está condenada a desaparecer y llevar necesariamente a la muerte y a la mentira.   Siglos más tarde, cuando el hombre postmoderno vea su nacimiento al rechazar una sola verdad, e intente construirse como otro hombre, cuya esperanza está en sus mismas creaciones (como los adelantos de la medicina y la tecnología), se convertirá en un Golem, incapaz de hablar de lo que le acontece al haber negado la razón y rechazado lo simbólico.

 

El Golem medieval al servicio del Sabio.


[1] Encyclopaedia Judaíca [1971] vol. 7, Col. 753, cita en  Idel Moshé, El Golem, Tradiciones mágicas y místicas del Judaísmo sobre la creación de un hombre artificial, Siruela, Anzos, [2008]  49 p.

[2] Íbidem,  63 p.

[3] Ïdem, 41 p.

El mito del Golem y el hombre postmoderno. Un camino hacia la tecnología. (I)

El sueño de la Razón y el Golem.

Nuestra cultura occidental ha heredado  un estado de “sueño” en el cual refugiarse: hace unos  siglos vino la razón como la esperanza que salvaría al hombre; el método cartesiano y la duda de la razón para proporcionar una certeza que ayudara a configurar al ser humano como el dueño de todo aquello que pudiera decir suyo, y así el cogito ergo sum mostraba el camino que llevaría al individuo a la certeza del sí mismo sin que alguien más interviniera, pues el acceso al mundo externo estaba vedado.

De trasfondo radica un problema socio-político de supervivencia; ya no es el que puede ejercer su fuerza sobre otro aquel que sobrevive, sino el débil que justifica su supervivencia a través de la construcción de discursos que le permitan ponerse por encima de quien gobierna.  A tales discursos tendré por bien nombrarlos como máscaras .

Con el paso del tiempo llegó la decadencia cultural.  Nietzsche ya lo venía señalando en obras como “El origen de la tragedia”: un pueblo  se halla en  decadencia cuando más muestra su esplendor en producción cultural a través de lo trágico.   Occidente no fue la excepción, y aunque Nietzsche criticaba la decadencia de los griegos y su filosofía, y con ello la situación en la cual se hallaba la Alemania de su tiempo, puede decirse que su crítica aplicaba y aplica en general para la cultura occidental, dado que bebemos actualmente en gran parte de la filosofía y la educación alemana de los tiempos del autor de Ecce Homo.

Fue entonces cuando surgió la  postmodernidad, no como una historia de hechos aislados  durante el paso del tiempo, sino como una cadena causal dada por la conjunción a través del tiempo de los diversos elementos que el pensamiento dominante heredaba a la siguiente generación: la tragedia del espíritu griego y su filosofía fue empapando cada cultura y adaptándose con el tiempo, pues en el medioevo lo mismo cristianos que árabes tomaban elementos de los griegos “Clásicos” para fundamentar su pensamiento y modo de vida, heredándolo a su vez de aquello que se había configurado como la manera de pensar en la antigüedad tardía.   Mediante la razón la filosofía se propuso por mucho tiempo el olvidarse de lo pasional, rechazarlo por pertenecer a lo bestial.  Con Kant llega la declaración total contra lo animal.  Sólo la razón salva, sólo la razón puede dar certeza del pensamiento  y no otra cosa.

Pero luego la razón fracasó y comenzó su declive con la llegada de las guerras mundiales, la carrera armamentista posterior y hechos cómo la bomba atómica denotaron la llegada de  la Muerte de la Esperanza, mejor conocida como la Muerte de Dios.  Desde una sociedad que había bebido y modificado los contenidos del cristianismo a su conveniencia, llegó el fracaso total del hombre.  Para el cristiano es el hombre que intenta tomar el papel de lo divino, el hombre que tiene ambición de crear por sí mismo un hombre nuevo que ya no dependa de un Dios-entorno-vida, sino que sea capaz de sustentarse por sí mismo; lo anterior se concretó en el interés histórico y social mostrado hacia el avance científico y tecnológico.  Y es aquí desde dónde puede hablarse de un mito Medieval y Renacentista que cobra sentido en nuestra sociedad actual, es aquí dónde toma espacio y configuración  el mito del  Golem.   Pero para entender el situar al Golem en la Postmodernidad, creo necesario recurrir a un análisis sobre la manera en que se ha construido este mito, para lo cual pretendo recurrir a un enfoque genealógico que permita ver históricamente las problemáticas que presentaba el mito del Golem en la mística judía, que es dónde tiene su punto de partida.

El mito del Golem es de origen judío, y aunque la palabra “Golem” se encontraba ya en la Biblia desde mucho tiempo atrás, no cobró relevancia hasta que al hombre medieval, en su afán de unión mística con lo divino, creía que podía crear un hombre desde sí mismo, accediendo al conocimiento pleno de lo divino mediante las ciencias ocultas  de la Kábala y el Zohar , que daban lugar las vocales que componían el nombre oculto de Dios.  Para un judío el nombrar a una persona  denota presencia y poder, de ésta manera, si alguien podía nombrar a Dios con su nombre original perdido en el tiempo, podría participar de su poder, incluso en la creación de lo humano, que era la tentación oculta ya en el hombre que buscaba su propia justificación alejada de una visión creacionista a la llegada de la Razón.     Mientras que para el hombre moderno la verdad radica en la posesión del conocimiento a través de un método deductivo y certero, para el judío medieval y renacentista el conocimiento radica en Dios, en su nombre oculto y es adquirido por el hombre en la semejanza de lo divino : el selem, como aquello que da rostro a lo humano.

¿Qué relevancia cobra el Golem entonces con el sueño de la Razón?  La posesión de la ciencia, de una verdad capaz de nombrar reglas generales sobre las cuales se constituye el ser humano, la última palabra sobre lo que es y lo que no es algo, es un lenguaje sobre el cual se constituye la fundamentación del hombre por considerar dueño y señor del entorno natural que le rodea, a pesar de su limitada existencia:

“En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento.  Fue el minuto más altanero y falaz de la <<Historia Universal>>; pero, a fin de cuentas, sólo un minuto.  Tras breves respiraciones de la naturaleza el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer”[1]

Con la anterior fábula Nietzsche señala ya lo ridículo de la pretensión de la posesión absoluta del conocimiento como La Verdad, consecuencia del racionalismo de la edad Moderna, alentado a su vez por el pensamiento alemán de Kant.    El hombre es un ser finito que intenta de-construirse y resguardarse en La Verdad para olvidar su corta finitud.  En ese sentido el racionalismo se relaciona con el concepto Renacentista del Golem, que es construido por el hombre como “otro hombre” mediante la posesión del conocimiento pleno (La Verdad) y su método de fabricación radica en la combinación de números y cifras[2]  que da lugar al poder creador de lo divino  al recitar el nombre de Dios, y con ello la posesión del entorno natural del hombre.    Si el hombre puede comprender el conocimiento divino, entonces entiende cómo funciona el mecanismo del mundo, y toma el control de su entorno.  Si bien, el Génesis y su relato Yavista contenido en este presuponen ya que al hombre le ha sido otorgado el control y dominación de su entorno, la tentación de poseer la invención del Conocimiento total que asegure la supervivencia, lleva necesariamente a la búsqueda de la construcción de un hombre alejado de las leyes divinas, un conocimiento que ya no radique en lo mágico y desconocido, sino en lo verificable sistemáticamente .   La Creación del hombre en los mitos judíos, sea la tradición Yavista o la Eloísta, presuponen el más alto grado de   conocimiento, pues al hombre le ha sido revelado todo cuanto existe, incluso se le ha permitido nombrar aquello que existe (recordemos que el nombrar denota la posesión y presencia de aquello que se nombra).  El hombre crea carne a través de la procreación (crezcan y multiplíquense).  Sin embargo los relatos anteriores revelan una idea del vivir en comunidad denotada en la relación existente entre el hombre y lo creado, relación que se pierde  cuando el hombre asume la pretensión de  un Conocimiento pleno propio de lo divino, es decir, cuando busca la creación de otro hombre enmascarado o disfrazado, un hombre inventado con rostro humano dado y manipulado mediante el conocimiento, un Golem.

 


[1] Nietzsche, F.  Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Tecnos, Madrid, 1996, 15 p

[2] Idel Moshé, El Golem, Tradiciones mágicas y místicas del Judaísmo sobre la creación de un hombre artificial, Siruela, Anzos, 2008, 26 p

De bestias, máscaras, madrigueras y violencia incendiaria. Un acercamiento o introducción

Usualmente se nos ha enseñado que hemos de cumplir con ciertos ritos para formar parte de una sociedad, que nuestra existencia se halla atada  a comportamientos que nos denominan como seres sociales y con  rasgos de civilidad que nos separan de los animales, y que usualmente llamamos “humanidad” a aquello que nos separa del resto de seres vivientes con los cuales compartimos nuestro habitar el mundo.

Actualmente, al nombrarnos y definirnos como humanos, asumimos una propiedad que procede de discursos de finales de la Edad Media y que conocemos como “dignidad”, que se halla en relación con lo civilizatorio y  rechazando lo bestial como algo infrahumano, algo que aterroriza y llena de temor al apenas asomarse frente al espejo en aquel ser humano que, tras embriagarse un poco o dejarse llevar por las emociones, arroja comportamientos que parecen ser contrarios a lo que se nos ha educado que es parte de un vivir en sociedad.  Luego vienen cuestiones como la culpa, la molestia moral ante costumbres que se han arraigado durante siglos en nuestro pensamiento, que poco a poco han ido configurando lo que definimos como ser humano, y que nos han llevado en nuestro mundo occidental, en nuestra sociedad cristiana sin Cristo, a culpabilizar aquellos actuares que connotan lo que engañosamente hemos definido como “pecado”.

Eventualmente el negar ciertas pasiones – pulsiones contenidas en nuestra naturaleza nos lleva a una maraña de confusión sobre lo que es correcto e incorrecto. ¿cómo es posible que algo que satisface lo que siento como necesario me lleve a parecer incorrecto si no daño a otros?.  En otras palabras ¿Qué mecanismos de control social me han llevado a considerar negativo algo instintivo como el comer y sentir culpa si veo a alguien que no come?.  La respuesta que algunos ofrecen inmediatamente es el culpar a la sociedad, a una serie de valores contenidos en un discurso para el control de unos sobre otros (buenos contra malos), que llevan a culpabilizar a lo Otro (Sociedad) como lo culpable.  Sin embargo me parece que el error no radica en totalmente en ese mostro gigante que llamamos sociedad.   Puesto que cada uno de los que existimos, nos quejamos y habitamos la ciudad pertenecemos, en alguna medida, nos guste o no a la Sociedad, entonces tenemos cierta parte en el acontecer de lo social.  Y si la Sociedad tiene la culpa sobre aquello que nos acontece, entonces cada uno de  nosotros la tenemos.  Y ello proviene en gran medida de aquello que estamos entendiendo como ser humano y de aquello que entendemos como ciudadano, bajo un presupuesto hobbesiano nos aliamos y formamos sociedad con el fin de sobrevivir y que no nos matemos unos contra otros.   Luego entonces, funcionamos como parte de un engranaje social como medio de supervivencia y esto último obedece a la condición que tenemos previa a lo que conocemos como humanidad: somos animales que poseemos un instinto que nos lleva a buscar el sobrevivir a costa de lo que se pueda.  Por más crudo que pueda leerse no podemos negar la animalidad que poseemos, pues si es negada o reprimida, tarde o temprano explota de tal manera que produce violencia asociada a un mal moral.

Sin embargo actualmente seguimos negando y reprimiendo ese instinto animal (a lo cual tendré por bien llamarlo desde ahora como “bestia”,  explicando lo que connota cada tipo de bestia en los capítulos siguientes) que poseemos y que es parte natural nuestra, además de asumir como correctos y cómo “verdades individuales” los diversos discursos que la historia en Occidente nos ha venido presentando.   El problema no radica en la asunción de tales discursos, pues a fin de cuentas históricamente las sociedades se han construido y tomado forma dependiendo siempre de un discurso que pueda dar lugar a la construcción de un papel social, una máscara o disfraz como patrón de una pretendida identidad o self[1],  sino en que actualmente esas máscaras (como las llamaré y explicaré posteriormente a las bestias) han sido recubiertas por otros discursos que buscan el reemplazo de la máscara como dispositivo de control social, pretendiendo la fragmentación de un sistema conocido como sociedad, y refugiando al ser humano en un mundo creado a su imagen y semejanza, dando un rostro “humano” a lo que no es humanidad ni bestia, sino mera maquina cuya función es ser una pieza reemplazable que puede predicar de sí  misma la multitud de recubiertas que quiera colocar a su máscara.   A esas recubiertas las llamaré antifaces.  Los antifaces buscan el reemplazo de la máscara mediante su fragmentación y  dan lugar a una nueva visión, a un rostro de hombre que pone sus esperanzas en aquello que pueda darse supervivencia y, mediante un discurso transformado y que promete ya no la trascendencia de la vida sino la mejor supervivencia, aislarse de la construcción de la comunidad, de la experiencia del día a día con los otros, de ocultar la animalidad siempre presente en lo que promete ser el rostro del hombre definitivo, Golem de nuestros tiempos: el Cyborg.

Claro que, mientras el ser humano se embarca en la búsqueda de su esperanza, eventualmente la represión de su animalidad rechazada y desconocida por el temor hacia aquello que en realidad es, las bestias suelen aflorar en un estallido de violencia, mal controladas y poco conocidas por sus poseedores, que llevan a la destrucción el hombre de arcilla recubierto de tecnología que hemos formado en la cultura occidental cómo producto del alejamiento y rechazo de nuestras bestias y pasiones.

Estos breves ensayos pretenden mostrar cómo es que funciona todo aquello que hemos perdido y reprimimos, nuestras bestias, las máscaras y los antifaces como dispositivos de control social, con el fin de mostrar una orientación hacia aquello que somos y que nos configura como seres humanos.   No pretenden ser una guía definitiva o un nuevo decálogo moral sobre lo que debe ser el hombre,  apenas y podrán mostrar los atisbos de las relaciones en las cuales nos movemos y que configuran nuestra existencia, para romper con el Golem que llevamos y comenzar o re-comenzar con nuestro descubrimiento de aquello que somos.  Los alcances y el éxito o el fracaso dependerán del viaje que cada cual inicie consigo mismo y de todo aquello que decida quebrar o reconfigurar en sí, la creatividad con la cual sea capaz de romper los antifaces y colocarse nuevas o viejas máscaras, de dejarse dominar por sus bestias y conocerlas hasta los límites que puedan llegar.  Después de todo, quizá el ser humano, como lo construían a finales de la Edad Media algunos filósofos,  no sea algo ya definido (como es el caso del Golem), sino un ser que puede tender hacia aquellas configuraciones: bestia o ángel, que lo conformar sin llevar a definirlo por una sola.   Comencemos entonces el viaje  mostrando qué es un Golem y nuestra situación actual.  Puede que seamos Golems en lugar de seres humanos.

mascara


[1] Eugenio Trías, Filosofía y carnaval y otros ensayos, Anagrama, Barcelona, 1884, 15p.

Las “bestias de los bosques”. (Parte 1)

 Dado que las bestias reflejan las pasiones que poseemos como humanos, creo importante hablar sobre un segundo tipo de bestias. Recapitulando, la “bestia primitiva” es aquella que obedece al impulso más básico que poseemos como animales: la supervivencia, que a su vez se ve reflejada en la invención del concepto de “trascendecia”, como manera de racionalizar un instinto tan primitivo y hacer una distinción entre animales racionales y no-racionales para mostrar una supuesta superioridad de los primeros sobre los segundos.  Sin embargo, nuestras pasiones no se limitan al mero hecho de sobrevivir, y por ende, luego de la «bestia primitiva» hallamos otro tipo de bestias que siguen moviéndose desde lo pasional.

Luego del conocimiento y aceptación de la bestia primitiva que todos poseemos, vienen dos tipos de bestias que obedecen en un primer momento al placer obtenido por el reconocimiento que obtenemos de los otros, lo cual tiene como resultado el deseo de trascendencia sobre la muerte.  A éstas las llamaré las “bestias de los bosques”, pues sus orígenes antropológicos se remontan a la fertilidad del bosque y a seres mitológicos griegos cómo sátiros y ménades en la primera bestia, mientras que la segunda se identifica con el héroe antiguo y, en los extremos con las figuras bíblicas de Jacob y Lucifer.

a) La bestia del Eros – Fertilidad.

Algunos autores medievales y renacentistas, sobre todo los influenciados por la corriente neoplatónica, consideran al Eros como fuente de la creatividad, la melancholia y el impulso creador del mago, que es capaz de trasformar la naturaleza a voluntad.  Pero antes de que éste fuera pensado, se encuentra, muchos siglos antes, las relaciones anímicas de los chamanes  al surgimiento de la cultura del homo sapiens, dónde la Diosa primera y principal era la Fertilidad, representada en pequeñas estatuillas de mujeres voluminosas que intentaban transmitir la capacidad de que podían dar a luz y tener descendencia.  Ello es importante dado que el Homo Sapiens, como todo animal, busca alguna defensa ante la naturaleza hostil, y tras no contar con garras o gruesa piel, desarrolla la razón como medio de supervivencia, tras darse cuenta de aquello que puede hacer con esto ultimo comienza a desarrollar un pensamiento que le permita creer que la muerte no es inútil, y que puede transmitir aquello que logró hacer en su corta vida a la siguiente generación.   Con ello nace la cultura entendida como aquello que es dejado para la supervivencia de una generación a otra, con el fin de mejorar cada vez más y no morir tan pronto.  Pero también surge a la par, poco a poco, la idea de la trascendencia y la inmortalidad;  si aquel que muere es capaz de dejar su técnica  de supervivencia a la generación siguiente, no muere, sino que permanece de una generación a otra a través de sus actos.   La procreación, que proviene de un reflejo básico de supervivencia va cobrando un sentido mítico que comienza a disfrazar el sobrevivir como algo más importante, el no morir.  Claro que la muerte biológica es inevitable, pero el sentido metafórico de no-muerte queda plasmado en lo transmitido a el resto de la comunidad, a tal grado que con el pasar del tiempo ello dará lugar a la figura del Héroe como aquel que es capaz de dejar al resto de la comunidad una manera de sobrevivir bajo ciertas acciones, naciendo entonces la moralidad y la división entre actos de bondad y maldad.

Cabe aclarar que la bestia de la fertilidad per se y en su orígenes no tiene un valor moral, es tan solo una manera de sobrevivir, sin embargo con la evolución de la comunidad y la complejidad de supervivencia de una comunidad ante otra, es necesario el establecimiento de ciertas normas que impidan se maten entre ellos, tal como el el pacto celebrado luego del estado de Naturaleza hobbesiano.   Luego entonces se busca el ocultar a la bestia, rechazándola como mero impulso de supervivencia, y destacando únicamente aquello que busca dar un sentido a la supervivencia en un mundo hostil.   La bestia es entonces censurada, ocultada por vergüenza a reconocer el objeto principal de supervivencia bajo un código moral que señale como inadecuado o malo el pensar únicamente en sobrevivir, pues si un individuo piensa en sí mismo y su supervivencia, fractura la división de trabajo en la comunidad, rompiendo con el esquema de sociedad de su tiempo.

Pero esa bestia de la fertilidad provoca también el movimiento del Eros como capacidad creadora ante el supuesto orden social.  Las bestias no pueden ser reprimidas totalmente, pues son parte de la naturaleza misma del ser humano, por ello los griegos representaban éste aspecto bestial en Baco y su corte de Ménades y Sátiros.  Era necesario el sacarla bestia interna en algún momento so riesgo de que si es retenida, tarde o temprano emergerá violentamente, solo que la justificación que adquiere tras el mito griego es de aspecto ritualista, la fertilidad da lugar al placer, reconozco al otro como mi igual, como bestia que busca su supervivencia – trascendencia y ello provoca el deseo de la inmortalidad, de ser perpetuado.  Por ello el reconocimiento a través del placer da lugar a cierto impulso capaz de crear no sólo vida, sino mito que actualize la supervivencia dentro de la sociedad.   Ello es la fuerza creadora del Eros que posteriormente rescatarán los neoplatónicos.  Una bestia disfrazada de razón creadora.

En la actualidad se repiten los mismos esquemas, la mascara de ésta bestia de los bosques es actualizada como dispositivo de control social, se le despoja de su impulso creador y de trascendencia para simplemente mostrar un placer que pretende llenar el vacío de alguien con otro vacío que espera lo mismo, el problema es que tras la mascara que cada cual porta y que según muestra una bestia erótica escondida, no hay sino un hueco, la bestia se ha reprimido y confundido, se le han despojado de sus colmillos, y tras una angustia de supervivencia que ha olvidado sus orígenes, no puede hallarse ya la bestia perdida, famélica tras carecer de su alimento de fertilidad – trascendencia. Ello da lugar a comportamientos violentos por negar la naturaleza de la bestia y buscarla tras una mascara vacía, pero ello lo analizaré en la siguiente parte.

 

 

 

El surgimiento de la “bestia primitiva”

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Me parece importante precisar los mecanismos bajo los cuales se sostiene la publicación anterior, tales como el título mismo sugiere; las Bestias y las madrigueras, para desembocar posteriormente en la normalización de la violencia dada en los sectores medio-bajo y medio-alto, de la población a la cual pertenezco y dónde se desarrollaron los hechos de la entrada anterior.  Ello con el fin primordial de aclarar en qué sentido uso cierta terminología, así como presentar el análisis de carga conceptual que puede aportarnos cada término para una reflexión filosófica.  Para ello comenzaré con la identificación y análisis de los distintos tipos de Bestias.

Dado que he comenzado con una cita de Pico Della Mirandola, habrá que aclarar qué entiende tal autor por dicho término en su “Oración por la dignidad del hombre”: la “bestia” es un estrato inferior de la creación y, en el caso del hombre, representa los instintos y pasiones animales adoptados y desarrollados por éste desde su condición de creatura.  Es decir, el autor del Discurso sobre la dignidad del hombre parte de una particularidad específica que puede o no, dependiendo de su dominio y uso, aportar un bien utilitario a la sociedad.

La adopción de las pasiones animales una vez que son dominadas y conocidas por el ciudadano, quién se asocia con otros que son capaces de dominar sus bestias, es usado con fines políticos como el ejercicio del poder de una ciudad sobre otra, sea en el caso de la guerra, dónde el sometimiento de un grupo sobre otro dependerá, en cierta medida, de la fuerza y opresión que la ciudad dominante es capaz de ejercer.  Claro que para Pico la guerra no depende solamente del ejercicio de la bestialidad como propiedad de un grupo conformado por ciertos individuos, ya que el modelo de ciudadano y de hombre propuesto es aquel que es capaz de dominar, no sólo sus pasiones bestiales, sino también sus virtudes angélicas, como es el caso del ejercicio del intelecto y la contemplación de lo divino como verdad, que da lugar a la Concordia, pudiendo evitar de esta manera la guerra si aquel que es distinto es capaz de moldear sus acciones desde la imitación de los serafines.   De ello que el ciudadano tiene la obligación del conocimiento, control y dominio de sus pasiones bestiales.

Pero, analizando la postura de Pico desde un enfoque foucaltiano, la Concordia no es más que otra manera del ejercicio de poder.  Para Foucault el poder no está contenido en un solo sector como es el dominante; el oprimido participa también del ejercicio del poder en la medida de que, el tomar el rol del oprimido sumiso permite obtener cierto control sobre el grupo dominante.  La opresión dura hasta que el oprimido deja que así sea.  Normalmente es  necesario que el dispositivo de control establecido por el grupo dominante sea lo suficientemente fuerte para mediante el miedo evitar que el oprimido pueda darse cuenta de que puede invertir el control que lo oprime de alguna manera.   Sólo en algunos casos excepcionales, cuando el dispositivo de control tiene una fractura, el miedo se transforma en una angustia que sobrepone instintivamente la supervivencia animal.  Una “bestia primitiva” ha aflorado entonces para asegurar el sobrevivir.

Si bien se dice que el ser humano busca su trascendencia como «algo» superior a su animalidad, autores como Ernest Becker señalan que en realidad la trascendencia obedece al instinto más primitivo de supervivencia, solo que ahora evolucionado en un querer trascender o «eclipsar» la muerte.  El ser humano ya no busca trascender  a través de la heroicidad como los helenos antiguos, ahora traslada el papel del héroe a aquel que cumple con cierto status social y de vida, crea una máscara que refleje su trascendencia a la muerte para ocultar su bestialidad misma y, su máscara de terror a la muerte como todo animal indefenso ante un mundo amenazante que puede colapsar en cualquier momento.

La Concordia se logra solo sí ambas partes se mueven en un entendimiento mutuo como parte de una misma creación, logrando unificar las diferencias de pensamiento bajo el supuesto de que todos tienen algo útil que aportar a la Ciudad se cual fuere su credo.  Pero bajo el contexto medieval-renacentista donde se ubica Pico, y, aún bajo nuestro contexto actual, esto no es más que la idea de Utopia que la ciudad toma como modelo para guiarse moralmente, tratando de evitar la muerte que se daría bajo la imposición de conciencias desde la bestia primitiva, es decir, logrando un pacto social de convivencia-supervivencia.